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La batalla de Babilonia
Capítulo 19

Cómo Gillion y Hertán combatieron en el campamento de Rey Isor a quien Gillión (mató) y salvó al Sultán

Acompañamiento musical


Después de ganada la batalla y capturado el Sultán, el Rey Isor regresó a su campamento con sus reyes y emires. Dió gracias e hizo alabanzas a Mahoma por el gran triunfo que había tenido sobre sus enemigos. Luego se hizo quitar la armadura para refrescarse y lo mismo hicieron todos los suyos, creyendo estar muy seguros.

El Rey Isor de Damasco se sentó sobre un taburete ante sus reyes y emires y todo su gran Consejo, al que había hecho venir. Cuando todos estuvieron reunidos en su tienda, después de conversar un poco entre ellos, les solicitó consejo sobre cómo y en qué forma por legítimo juzgamiento podía actuar con el Sultán de Babilonia que estaba prisionero. Unos sugirieron que fuera despellejado vivo. Otros recomendaron que fuera desmembrado por piezas y otros que fuera ahorcado. El Rey Isor, habiendo oído la opinión de su Consejo, les dijo: "Señores, me parece que otra cosa se debe hacer y que debemos tratar de otra manera a quien siempre ha sido un muy noble príncipe y ha tenido muy nobles victorias sobre sus enemigos. Además, los príncipes deben ser misericordiosos unos con otros. Yo aconsejaría que ahí delante de esta tienda sea encadenado a una estaca. Luego por salvoconducto invitaremos a su hija la bella Graciana a que venga aquí y le diré el gran amor que tengo por ella. Cabe pensar que, si es buena, se inclinará a oír mis palabras para que su padre quede libre de los peligros en que ahora se encuentra. Pero si me rechaza como marido, haré morir a su padre con una muerte tan cruel que producirá enorme horror y miedo en quienes la contemplen". Entonces todos a una sola voz le contestaron que su opinión era la mejor y que así se haría.

El Sultán fué llamado ante ellos y, habiendo oído la decisión, tuvo gran temor de morir. Porque conocía tanto a su hija que sabía que ella no tomaría como marido al Rey ni sería su mujer, aunque la mataran; y que antes se dejaría ella despellejar viva. El Sultán fué llevado a la estaca, donde fué atado con cadenas y sogas, mientras le decían muchos insultos. Poco después, las trompetas de los músicos comenzaron a sonar; la comida estaba servida. El Rey Isor acompañado por siete reyes y ocho emires se sentó a la mesa, donde fué abundantemente servido con el primer plato; y mientras para él todo era alegría, para el Sultán todo era tristeza.


A la misma hora en que el Rey Isor se sentaba a la mesa y junto con los jefes de su ejército comentaban la victoria, Gillion y los babilonios cabalgaban decididamente. Cuando estuvieron cerca, Gillion los arengó de la siguiente forma: "Señores, en la medida en que queráis preservar vuestras propias vidas y las de vuestras mujeres y niños y en que queráis vengar la sangre de vuestros amigos que habéis visto derramar ante vosotros, sepáis que ha llegado la hora de la venganza. Ahora mismo, encontraréis a quienes tanto daño os han hecho y se aprestan para haceros aún peor. Están sentados a la mesa donde beben y comen para festejar la reciente victoria que han tenido sobre vosotros". Entonces los sarracenos, creyendo siempre que Gillion era su señor, dijeron a una sola voz que cabalgarían decididamente hacia sus enemigos y que todos estaban con ánimo de vengar la sangre de sus amigos. Comprobada la decisión de los sarracenos, Gillion picó espuelas a su destrero, teniendo siempre a su lado a Hertán; y no pararon hasta que todos de un golpe entraron en el campamento de los damasquinos, a los que encontraron desarmados y sentados a las mesas. Los gritos y la bulla que se produjo fueron tan fuertes que parecía que todo el mundo se encontrara reunido en ese lugar. Los babilonios pasaban entre las tiendas, repartiendo tajos a los damasquinos. Tiraban por tierra las tiendas y las banderas, cortaban las cuerdas, de modo que pronto no quedó tienda ni estandarte en pie. Por su parte Gillion, que deseaba de todo corazón matar y dar tajos a los paganos, vió que frente a la tienda del Rey de Damasco estaba atado el Sultán. Rápidamente, con la espada aún sangrienta por todos los sarracenos que había matado, cortó las cuerdas y ataduras y liberó al Sultán. Después hizo que le pusieran una armadura y lo hizo montar sobre un buen destrero. El Sultán le agradeció mucho, sin reconocerlo.

Manuscrito Lord Devonshire: Gillion libera al Sultan.jpg

Sin perder más tiempo, Gillion regresó a la batalla. Golpeaba a diestra y siniestra tanto sobre babilonios como sobre damasquinos, al punto que Hertán tuvo que decirle: "Señor, mirad lo que hacéis porque estáis matando tanto amigos como enemigos". "Hertán," le contestó Gillion, "eso no me importa mucho ahora". Luego penetró en la tienda del Rey Isor que todavía estaba sentado a la mesa comiendo con los otros y lo reconoció de inmediato porque ocupaba un sitial más alto. Hertan lo seguía espada en mano. Cuando ahí se encontró, Gillion se dirigió a Isor y le dijo: "¡Ah, Isor de Damasco, ha llegado la hora en que la venganza te será tomada. De nada os serviría huír". Isor que no se esperaba esta situación, estaba muy confundido; e igual lo estaban los demás que estaban sentados a su lado. Gillion continuó: "¡Oh, muy desleal perro! ¿cómo has sido tan atrevido para amarrar al Sultán a una estaca como si fuera tu vil siervo?". Entonces levantó la espada y le dió al Rey Isor un tajo tan maravilloso sobre la cabeza que lo abrió hasta el mentón. Cuando los reyes paganos se vieron así sorprendidos, trataron de escapar de la tienda. Pero cuando creían haberse evadido, tropezaron con babilonios y con Hertan que desenvainaron sus espadas todas ensangrentadas. Hertán le dió al Emir Dolofernes un golpe tan grande que al instante cayó muerto delante de él. Y Gillion mató a dos de los otros reyes y a cuatro emires. Después se puso a gritar a los babilonios: "En vosotros está la posibilidad de tomar venganza contra aquellos que mataron a vuestros amigos"; y volviéndose a Hertán: "Hertán, pensad en matar el mayor número posible porque así habrá menos gente que no cree en la ley de Dios ni quiere creer".

Es así como Gillion y Hertán iban por todos lados dando tajos y matando a sus enemigos, con gran alegría de los babilonios quienes agradecían a Mahoma por los milagros que había hecho en favor de ellos ya que todos veían al Sultán entre ellos y libre de las manos de Isor. Por otra parte, veían a Gillion con las armas del Sultán y a quien habían creído primero que era el Sultán; después no sabían qué pensar y llegaron a creer firmemente que era el propio Mahoma que había venido a ayudarlos.

Así como lo oís, conversaba entre sí esa gente insensata. Y Gillion y Hertán golpeaban a los sarracenos, les cortaban brazos, pies y manos a tajos; era una maravilla verlos. Gillion recorría la batalla arengando a los babilonios. Entraba entre los damasquinos como el lobo en el redil. Todos le respetaban y le huían; no había pagano suficientemente valiente para esperar su arremetida.

Tantas proezas hizo que, seguido siempre de cerca por Hertán, desorganizó a los sarracenos y los hizp correr hacia el río Nilo donde estaban sus barcos. Los que tomaron el camino del desierto, fueron alcanzados y muertos.


El Emir de Orbrye** tomó consciencia de la dolorosa derrota y de la pérdida de la mayor parte de su gente, así como de la muerte de su tío el Rey Isor; vió también a los reyes y emires que yacían muertos en el mismo campo donde antes habían matado a babilonios. De pronto advirtió que Gillion y Hertan venían tras él matando gente. No es de maravillarse que sintiera gran miedo. Tomó el camino hacia el río tratando de huir, pero Gillion y Hertán lo siguieron derribando y confundiendo a los sarracenos. El Emir, al verlos acercarse, se esforzó aún más en su fuga y corrió tanto gracias a la bondad de su destrero que llegó al río. Abandonó su buen caballo y saltó a su barco antes de que Gillion y Hertán pudieran atraparlo. Estos quedaron muy dolidos de que se les hubiera escapado.

Cuando el Emir de Orbrye se encontró a salvo, comenzó a lamentarse. Dijo que hacía mal Mahoma de haber permitido la destrucción de su pueblo cuando éste siempre lo había servido y honrado más que los babilonios y que los chipriotas. Mucho se quejó y juró por su ley que jamás tendría alegría en su corazón hasta que hubiera tomado Babilonia; y que, mientras él viviera, jamás tendrían paz quienes había hecho tanto daño a él mismo y al Rey Isor, su tío.