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La batalla de Babilonia
Capítulo 20

Siguen en "La reivindicación de Gillion

Cómo Gillion y Hertan regresaron sigilosamente al calabozo en Babilonia sin que lo supiera el Sultán

Acompañamiento musical

Así como podéis oír, el Emir de Orbrye se lamentaba y no sin causa ya que desde donde estaba en su barco podía divisar a Gillion y Hertán matando a su pueblo. Iracundo en su fuero interno ordenó que se levantaran las velas y partió. Navegó todo el curso del río Nilo hasta que llegó a Damietta , donde entró en el mar oriental.

Más tarde hablaremos de él nuevamente, pero ahora regresemos a Gillion de Trazegnies.

Así como oís es lo que hablaban entre ellos, una vez derrotados sus enemigos. Se pusieron en camino para regresar a la ciudad de Babilonia, cargados de trofeos y de grandes riquezas. Se decían unos a otros que bien debía morir con muerte vil quien no quiere creer en la santa Ley de Mahoma, cuando éste se había dignado visitar y socorrer en persona de esta manera a su pueblo. Así conversando, entraron en la ciudad de Babilonia, donde fueron recibidos con gran alegría. El Sultán se dirigió a su palacio donde se reunió con su hija, la bella Graciana, quien vino a darle el encuentro. Ella se echó al cuello de su padre, lo besó y le preguntó cómo estaba y cómo había podido escaparse de manos de sus enemigos y también cómo había ganado la batalla. Entonces el Sultán le respondió,

Cuando Gillion vió que el Emir había escapado, llamó a Hertán y le dijo: "Amigo, agradezcamos a Nuestro Señor que nos ha hecho esta gracia de liberar al Sultán de manos de sus enemigos. Como sabéis bien, yo soy prisionero del Sultán. Su hija, la bella Graciana, me prestó armas bajo mi promesa de que, una vez ganada la batalla y rescatado su padre, yo regresaría donde ella; y antes moriría que faltar a mi palabra, aunque tengo muchos deseos de regresar a mi país. Por eso, nos conviene ver cómo podemos entrar a la ciudad antes de que el Sultán regrese". "Sire, le dijo Hertán, "dado que lo que queréis es regresar a la ciudad sin ser descubierto, os llevaré por un camino tan escondido que ninguna persona podrá vernos". Hertán fué por delante, Gillion lo seguía. Tomaron un camino que nadie utilizaba, situado entre la ciudad y el río. Y así, sin que nadie los viera, entraron por una puerta secreta de la muralla. Llegaron a los jardines y de ahí se dirigieron a pie hasta el plalacio por una pequeña rampa. Cuando llegaron a la habitación de la doncella, está los recibió con gran júbilo y alegría. Se acercó a Gillion y lo abrazó y lo besó más de diez veces antes de soltarlo. Los dos se sentaron sobre el lecho a conversar y él le contó lo que habían hecho.


Hablemos ahora del Sultán. Estaba feliz por lo que había sucedido. Ante él veía yacer muertos por cientos y por miles a los que antes lo tenían en peligro. Se retiró para refrescarse un poco en la tienda del Rey Isor, donde encontró grandes riquezas. Preguntó entonces a sus barones dónde estaba el que lo había liberado de manos de sus enemigos y gracias a quien estos estaban derrotados y muertos. "Ciertamente debo estimarlo mucho cuando por la estima que me tiene ha arriesgado en esta forma su vida y dado muerte al Rey Isor en medio de sus barones". Pero nadie sabía decirle quién era ni dónde estaba. El Sultán se asombró mucho, pero un Emir le dijo: "Sire, todo lo que pueda decir es poco frente a lo maravillado que me sentiría si aquel que os libró de las manos de vuestros enemigos fuera hombre mortal. Bien podéis tomar por cierto que es Mahoma mismo quien os ha hecho este milagro; y después ha retornado al Paraíso de donde había venido". El Sultán respondió diciéndole que era algo bastante posible y que, a su regreso a la ciudad, le haría un sacrificio tal que Mahoma lo recibiría con gusto. "Porque le haré una estatua de oro fino de Arabia; además, le ofreceré un cristiano que hace largo tiempo que tengo en mi su calabozo, para honrar a Mahoma cuando la ocasión fuere venida. Quiero hacer una fiesta con gran solemnidad, a fin de que en otra oportunidad me brinde nuevamente socorro como lo ha hecho ahora". Los sarracenos respondieron que no podía hablar de manera más digna y que mucha razón tenía de hacer todo ello.

Así como oís es lo que hablaban entre ellos, una vez derrotados sus enemigos. Se pusieron en camino para regresar a la ciudad de Babilonia, cargados de trofeos y de grandes riquezas. Se decían unos a otros que bien debía morir con muerte vil

Manuscrito Lord Devonshire: detalle del perro que captura al ciervo en la orla.jpg

quien no quiere creer en la santa Ley de Mahoma, cuando éste se había dignado visitar y socorrer en persona de esta manera a su pueblo. Así conversando, entraron en la ciudad de Babilonia, donde fueron recibidos con gran alegría. El Sultán se dirigió a su palacio donde se reunió con su hija, la bella Graciana, quien vino a darle el encuentro. Ella se echó al cuello de su padre, lo besó y le preguntó cómo estaba y cómo había podido escaparse de manos de sus enemigos y también cómo había ganado la batalla. Entonces el Sultán le respondió, diciéndole: "Mi muy querida hija, sabed en verdad que fuí capturado, retenido y llevado ante el Rey Isor, quien me hizo atar a una estaca delante de su tienda de campaña. Pero de pronto acudió a ayudarme y liberarme Mahoma en persona, completamente armado, montado sobre mi destrero y engalanado con todos mis atuendos. Me desató de la estaca donde estaba amarrado e hizo que me entregaran caballo y armas. Después entró en la tienda de Isor y lo mató sentado a la mesa entre sus reyes y otros cuatro entre reyes y emires. Peleó de tal forma que derrotó y puso en fuga a mis enemigos. Ninguno de los reyes escapó vivo, salvo el Emir de Orbrye que se fugó por mar. Pero después no sé lo que se hizo Mahoma porque se esfumó y se fué al Paraíso de donde había venido. Así, mi hija, como ha mostrado los milagros que es capaz de hacer por amor a mí, bien debo agradecerle; ya que hoy me ha salvado de la servidumbre y me ha dado la libertad. Pero si Dios y Mahoma me dan vida hasta la Fiesta de San Juan , los honraré solemnemente en presencia de mis barones y de mi pueblo de la siguiente manera: haré traer una imagen de Mahoma para que cada uno pueda expresar ante él su devoción; y para honrarle más, le ofreceré un cristiano que hace tiempo que tengo prisionero". "Padre," le dijo la doncella, "cualquier homenaje que le hagáis será poco"; pero se dijo a sí misma que deseaba que no le plazca a Dios que aquél en quien ella había puesto su amor muriera de muerte vil. Así como oís conversaban el Sultán y su hija, de ésta y de muchas otras cosas. El Sultán se hizo quitar las armaduras, se tendieron las mesas y se sentaron a cenar en medio de gran alegría y consolación.

Así pasó un buen tiempo en paz y sin guerra. Pero creo que dentro de poco tendrán tanta que les hará sufrir mucho. Porque el Emir de Orbrye que había escapado de la batalla hizo jurar a todo su ejército sobre sus dioses que antes de que pasaran dos años, sitiaría Babilonia; y que no retornaría hasta que la muerte de su tío, el Rey Isor, fuera vengada. Así sucedió, como podrán oír más adelante.

Mientras tanto, Gillion y la bella Graciana se veían a menudo en la habitación de la doncella, donde Hertán les servía a su gusto. Gran alegría y consolación tenían juntos. Después Hertán regresaba a Gillion a la prisión a fin de que el Sultán no advirtiera estas visitas y no entrara en sospechas. Cuando estaba de vuelta en su prisión, Gillion sentía nostalgia por el país de Hainaut, por su mujer y su hijo. No sabía que había tenido dos hijos ni los desvelos de Dama Marie para con ellos. Esta a menudo formulaba sus quejas a Dios y mil veces respondía a sus hijos -quienes la fastidiaban continuamente con sus preguntas- que todavía no tenía noticias de su padre, su leal marido. A menudo rogaba a Jesucristo que pronto lo enviara de regreso, sano y salvo. Como oís,la Dama frecuentemente extrañaba a su marido. Después miraba a sus hijos que corrían y jugaban por la sala con los hijos de sus súbditos, con la alegría que la naturaleza y la juventud inspiran. Estos dos niños veían a menudo llorar a su madre y la besaban para consolarla.

De ellos les hablaré después y ahora hablaremos de Gillion de Trazegnies, su padre, que estaba en la prisión y que era llevado a menudo a la habitación de la doncella por Hertán, quien se preocupaba mucho de servirlos y complacerlos. Así estuvieron mucho tiempo juntos, con gran alegría y solaz. Gillion se esforzaba con todo su corazón y toda su mente en instruir y endoctrinar a la bella Graciana en la Ley de Jesucristo; y ella ponía mucho esfuerzo de su parte por aprender. Y por ahora dejemos de hablar de ellos y hablemos de Rey de Chipre.

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