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En Chipre
Capítulo 35

De cómo Jean y Gérard de Trazegnies llegaron a Chipre y de la gran recepción que les hizo el Rey

Acompañamiento musical

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Ya habéis oído cómo los dos herederos de Trazegnies, Jean y Gérard, se separaron de su madre y, llevando cada uno un servidor, fueron a Nápoles donde encontraron una nave de mercaderes en la cual se embarcaron. Se hicieron a la mar, confiándose en Nuestro Señor que los guiaría y conduciría a buen puerto. Pero antes de que les toque regresar, pasarán por muchos infortunios y por muchos éxitos.

Los mercaderes con los que se embarcaron eran gente que iba por el mundo comprando toda clase de mercaderías. Jean de Trazegnies llamó al patrón y le dijo: "Sire, creo que no sabéis en absoluto la razón por la cual estamos aquí". "Vasallo", le dijo el patrón, "si me lo queréis decir y os puedo ayudar o daros un buen consejo, lo haré con gusto". "Sire", le dijo Jean, "en mi opinión sois un hombre honesto y por eso os diré la causa por la cual estamos aquí. Sabed que estamos a la búsqueda de un caballero de gran fama, del cual somos sus dos hijos. Dejó a mi madre encinta de nosotros cuando partió del país; por lo que nunca lo hemos visto. Alguien nos ha dicho que desde hace mucho tiempo reside en un lugar lejano, pero el lugar exacto no lo sabemos. Su nombre es Gillion de Trazegnies. Os lo digo porque los mercaderes habitualmente van y vienen a diferentes partes y es así como se enteran de más noticias que ninguna otra persona. No sé si quizá sabéis algo sobre este asunto". "Vasallo", le dijo el mercader, "en este barco ni yo ni ninguna otra persona sabe nada de esto". "Hermano", le dijo Gérard, "no deja de asombrarme el hecho de que vos creáis que estas personas pueden saber alguna cosa de nuestro padre. No penséis que mercaderes que van y vienen por el mundo puedan tener relación alguna con caballeros que van y vienen por el país. Los mercaderes van buscando y negociando solamente sus mercaderías. Si queremos saber alguna cosa de nuestro padre debemos ir a servir a un Rey o a un Príncipe o a un Almirante que se ocupe de la guerra. Es ahí y no entre mercaderes que seguramente encontraremos a nuestro padre, si aún está con vida, podéis estar seguro que nuestro padre, no estará mezclado con mercaderías ni cosas parecidas".

puerta Palacio de los Caballeros en Rodas.jpg

"Hermano mío", le dijo Jean, "bien puede ser verdad lo que vos decís". Así como lo oís conversaban los dos hermanos y Gérard, después de pensar un rato, le dijo a Jean: "Hermano, recordáis que varias veces nos ha dicho nuestra madre que nuestro padre Gillion cuando partió de Hainaut dijo que iría al Santo Sepulcro, en Jerusalén, para besarlo y orar sobre él. Quizá lo mejor que podemos hacer es pedirles a estos marineros que nos lleven hacia Jerusalén".

Cuando comunicaron su ruego a los marineros de que los llevara hasta Jaffa, a todos les pareció muy bien porque ellos mismos tenían deseos de hacer el viaje al Santo Sepulcro. Tuvieron buen viento que los hizo pasar Rodas y luego entrar al Golfo de Satalia, pasando delante de la isla de Chipre donde se había congregado un gran ejército que el propio Rey quería guiar y dirigir hasta la ciudad de Babilonia. Con este motivo, el Rey había hecho publicar en todo su Reino que todos aquellos que tuvieran costumbre de portar armas estuvieran listos para embarcar hacia Babilonia el día de la Fiesta de San Juan. Llegado el día, estaban listos y provistos de todo lo que les hacía falta. De todo ello hablaremos después y regresaremos ahora a nuestra materia.

Jean y Gérard, el patrón y los mercaderes, navegaron con buen viento hasta llegar al puerto de Jaffa. Una vez desembarcados, montaron en caballos y mulas que les trajeron como era costumbre. Esa noche yacieron sobre catres de campaña. El día siguiente en la mañana partieron hacia Jerusalén y se esforzaron tanto que llegaron a la Santa Ciudad a la hora de vísperas. Cuando amaneció, fueron a oír la Misa en la Iglesia del Santo Sepulcro, el cual besaron, y ahí hicieron sus ofrendas con gran devoción. Encontraron al Patriarca y le preguntaron si no había oído hablar de un caballero nativo de Hainaut que se llamaba Gillion de Trazegnies. "Señores", les dijo el Patriarca, "no recuerdo que haya venido ningún caballero, salvo uno hace aproximadamente dieciséis años que pasó por esta ciudad; pero no sabría decirles ni su nombre ni su extracción". "¡Ah, Sire!", le dijo Jean, "ciertamente debe ser aquél por quien hemos venido hasta acá. ¡Ah, ah, Sire!. Por Dios os pedimos que si tenéis alguna noticia de ese caballero, nos haríais gran limosna al decírnosla". "Hermano", le dijo Gérard, "a más que preguntáis, más locura hacéis. Porque no vamos a encontrar noticias si no es en los lugares donde existe guerra; en ninguna otra parte nos será posible encontrarlo".

Así como lo oís, los dos jóvenes conversaban delante del Patriarca, del cual se despidieron. Después, cuando regresaban a la posada, encontraron a un peregrino que llevaba al cuello la bufanda y en la mano el bordón, muy delgado y enjuto. Jean, que fue el primero que lo vio, se acercó a él y lo saludó muy suavemente, preguntándole de dónde venía. "Sire", le dijo el peregrino, "hace cerca de ocho días que he partido del país de Chipre". "Amigo", le dijo Gérard, "os ruego decirme si ahí hay alguna noticia de guerra". "Sire", le contestó el peregrino, "todo el Reino está en paz y no hay guerra alguna; salvo que el Rey de Chipre está reuniendo gran cantidad de gente de armas y está contratando todos los soldados que con su plata puede pagar". "Amigo", le dijo Gérard, "decidme si en el Reino de Chipre son creyentes en Jesucristo".

"Sí, Sire", le contestó el palmero, "y el ejército que está reuniendo es para llevarlo contra Babilonia". "¡Por mi fe!," dijo Gérard, "si lo que nos decís es verdad, mi hermano y yo iremos a servir al Rey de Chipre". "Hermano", le dijo Jean, "si así place a Nuestro Señor, haremos lo que vos decís". Entonces Jean y Gérard echaron mano de sus bolsos y le dieron al peregrino cada uno un florín, que éste les agradeció. Luego los dos jóvenes lo dejaron y regresaron a su posada.

Después que hubieron cenado, se fueron a acostar hasta el día siguiente en que se levantaron para ir a oír la Misa delante del Santo Sepulcro de Nuestro Señor, que besaron y al que hicieron su ofrenda. Después partieron de la ciudad y pasaron esa noche en Nablús. El día siguiente vinieron a almorzar a Jerusalén y llegaron a Nazareth en la noche. Cuando ya estaban en la posada, Jean le preguntó muy dulcemente a Gérard si no extrañaba a veces a su noble madre que con tanto cariño los había criado. "Sí", le dijo Gérard, "muchas veces la recuerdo y ahora mismo estoy recordándola. Ruego a Nuestro Señor que la guarde libre de todo mal y de todo fastidio y que la podamos volver a ver sana y en buena forma". Así conversaban los dos hermanos de su muy querida madre que habían dejado muy apenada por su partida.

Cuando llegó la mañana, montaron a caballo y llegaron a la ciudad de Acre al anochecer. Apenas llegados, buscaron y encontraron una nave en la cual se embarcaron para ir a Chipre. A fuerza de viento y de vela llegaron un lunes en la tarde al puerto de Baffe. Al día siguiente, compraron mulas y caballos y fueron hasta Nicosia. Cuando llegaron ahí, se sorprendieron mucho de la gran cantidad de gente y de la caballería que había sido reunida. Preguntaron con mucho interés al posadero la razón por la cual se producía esa asamblea. "Señores", les dijo el posadero, ya que lo queréis saber, la verdad es que han pasado cuatro años desde que nuestro Rey fue derrotado delante de Babilonia. Por eso, tiene un gran deseo de vengarse y ha jurado que en breve estará nuevamente delante de Babilonia". Gérard muy rápidamente respondió que no estaría en Babilonia sin ellos. Así los dos jóvenes conversaban con el dueño de la posada, quien los sirvió muy bien esa noche.

Después de cenar se fueron a acostar hasta la mañana siguiente, en que se levantaron para ir a la Misa. Cuando regresaban, vieron gran cantidad de caballería que iba y venía por la ciudad. Por otra parte, vieron forjar yelmos, dardos y espadas y pintar escudos, herrar destreros y trabajar monturas. Gérard, viendo todo este aparejo de guerra, llamó a Jean, su hermano, y le dijo que debían estar muy felices de la aventura que Dios les había querido dar y que mejor no podían desear. Así conversaban los dos jóvenes y el dueño de la posada hasta que llegaron a la posada, donde encontraron la mesa servida. Comieron a su gusto.

Después, el dueño de la posada los condujo al palacio.

Cuando llegaron ahí, vieron al Rey en la esquina de la sala, donde miraba a dos caballeros bretones que jugaban al ajedrez; al Rey le placía mucho verlo jugar.

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Cuando la partida hubo terminado, el Rey se paseó por la sala. Entonces, los dos jóvenes avanzaron y se acercaron a él, colocaron sus rodillas en tierra y muy humildemente lo saludaron. El Rey los miró y apreció el hecho de que eran dos bellos jóvenes, bien plantados, que parecían hijos de reyes o de algún alto príncipe. Jean, que era el mayor, habló primero y dijo: "Sire, quiera Dios que por su gracia podáis deshaceros de vuestros enemigos". "Jóvenes", les dijo el Rey, "sed bien venidos en mi Corte. Ahora decidme quien sois, de qué tierra o de qué país venís y qué aventura os ha traído hasta aquí". "Sire", le dijo Jean, "somos dos hermanos que hemos nacido en el país de Hainaut, que está bastante cerca del Reino de Francia". "Amigos", les dijo el Rey, estoy contento de vuestra venida. Pero os ruego que me digáis cuál es la razón de haber viajado hasta acá". Entonces Jean con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: "Sire, estamos a la búsqueda de un caballero de Hainaut que tiene derecho al nombre de Gillion de Trazegnies, del cual somos sus hijos. Cuando advirtió que nuestra madre estaba encinta, esperándonos a nosotros, por la gran alegría que tuvo hizo el voto de no detenerse jamás hasta haber orado y besado el Santo Sepulcro que se encuentra en Jerusalén. Por ese motivo, atravesó el mar; pero desde entonces no tenemos noticias. Dios quiera hacernos la gracia de que aún lo podamos encontrar. Sire, ésta es la causa por la que hemos venido a veros. Hemos oído que estáis contratando soldados para iniciar una guerra contra el Sultán de Babilonia. Os rogamos que nos hagáis la gracia de conservarnos con vos, porque tenemos la esperanza de que bien podría ser que en tal aventura encontráramos alguna noticia de nuestro padre". "Jóvenes", les dijo el Rey, "os retengo a los dos a mi servicio y a mi costo. Los llevaré conmigo hasta los enemigos de Dios". "Sire," le dijo Jean, "os agradecemos muy respetuosamente por el honor que nos hacéis. Nos esforzaremos por serviros a vuestra satisfacción". Cuando Gérard escuchó al Rey y oyó que tenía intención de hacer guerra contra los sarracenos, tuvo una gran alegría en su corazón. Llamó a Jean, su hermano, y le dijo que era la mejor manera de encontrar noticias de aquél por quien habían venido hasta estas tierras. Así, los dos jóvenes, como habéis oído, fueron retenidos por el Rey de Chipre a quien sirvieron en la mesa tan bien que el Rey tenía mucha satisfacción de verlos.

A menudo les decía el Rey que dentro de poco atravesarían el mar para ir a Babilonia para hacer la guerra contra aquellos que eran creyentes en la ley de Mahoma. Pero creo que ya no necesitará el Rey de Chipre ir a buscar guerra tan lejos, porque muy pronto la tendrá tan vecina que más le hubiera valido quedarse atrás, como muy pronto lo oiréis.