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El viaje a Jerusalén
Capítulo 8

Cómo Gillion dejó Jerusalén y se hizo a la mar donde fue capturado por los sarracenos y llevado al Cairo de Babilonia

Acompañamiento musical

Una vez despierto y hecha su oración a Dios, llamó a su gente que estaba muy asustada por el gran grito que había dado y les contó con todo detalle su visión. Todos quedaron maravillados y le dijeron: «Sea que hayáis tenido, Sire, una visión o un sueño, no debéis otorgarle fe. No penséis más en ello». Entonces Gillion y todos ellos se levantaron y fueron a oír el servicio divino sobre el Monte Sion, donde Gillion hizo su ofrenda. Después de oída la Misa, regresaron a la posada y tomaron desayuno.

Una vez desayunados a gusto, abandonaron la Ciudad Santa de Jerusalén y se esforzaron tanto que llegaron a Jaffa donde los esperaba su navío. Inmediatamente subieron a bordo y el patrón desplegó las velas. El viento era tan conveniente que en muy poco tiempo se alejaron de tierra. Así estuvieron navegando hasta una hora después de la medianoche. Pero entonces se levantó un viento tan grande que la situación se puso muy riesgosa y todos pensaron que morirían. Cuando llegó la mañana, entraron en el Golfo de Satalya. Al mirar hacia la diestra divisaron un gran conjunto de naves que navegaban con la corriente, unas de un lado, otras de otro, habiendo sido alejadas unas de otras. En una de esas naves estaba al Sultán de Babilonia que iba a Chipre para hacerle la guerra al rey chipriota; pero la fatalidad les hizo retrasarse de modo que ese día no podrían llegar ni tomar puerto. El Sultán, desde el puente de su nave, divisó la embarcación de los peregrinos y ordenó a los patrones que abordasen la nave que se encontraba frente a ellos, ya que le parecía que todos eran cristianos. Por su parte, el patrón de la nave peregrina comprendió inmediatamente que eran sarracenos que venían a capturarlos. Comenzó a gritar muy fuerte y dijo: «¡Señores peregrinos, que estáis aquí! Ved ante vosotros a los enemigos de Dios. Mirad bien lo que haréis: defenderos o no defenderos en absoluto y permanecer en esclavitud durante el resto de vuestras vidas». Entonces Gillion de Trazegnies, habiendo oído al patrón, le respondió que todos preferían morir defendiéndose antes que caer en manos de los sarracenos y quedar como esclavos. Corrieron por todas partes de la nave buscando sus armas para defender sus cuerpos y sus vidas. Cuando todos estuvieron listos, Gillion, como esforzado y audaz caballero, espada en mano y con el escudo al cuello , se colocó en la borda de la nave y arengó a su gente. Por su parte, el Sultán ordenó que las velas fueran abatidas y que su nave fuera acostada contra la nave cristiana para el abordaje.


Cuando ambas naves estuvieron próximas, el Sultán hizo preguntar a uno de sus hombres quiénes eran los de la otra embarcación. Gillion desde la borda respondió que todos eran cristianos y naturales del país de Hainaut. El Sultán, habiendo comprobado que eran cristianos, ordenó a su gente que atacara por todos los costados. Entonces los sarracenos se prendieron por todas partes de la nave cristiana y comenzaron el ataque, mientras que nuestros cristianos se defendían. Ambas partes se arrojaban lanzas con tal profusión que producía horror verlo; y desde las cofas arrojaban dardos y gruesas barras de fierro.

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Manuscrito Lord Devonshire: La captura.jpg

El asalto fue muy grande y feroz. Uno de los Emires sarracenos se aproximó a Gillion con aire de ser persona que conocía bien el manejo de las armas. Gillion advirtió la presencia del sarraceno y levantó su buena espada a dos manos. Con ella le dio tal golpe que le cortó la cabeza a la altura de los hombros y la hizo volar más de una toesa, mientras que el cuerpo se derrumbó a los pies del Sultán, quien se apenó mucho de ver muerto a su Emir. El Sultán se acercó a Gillion tratando de herir primero, pero falló. Porque Gillion, como un tigre desencadenado, le dio un tajo al Sultán con todas sus fuerzas, que si éste no lo esquiva, lo hubiera abierto hasta el estómago; sin embargo, el golpe había sido tan fuerte que el Sultán, quiéralo o no, cayó sobre la cubierta, piernas arriba y completamente aturdido. Los sarracenos creyeron que el Sultán había muerto. Lo levantaron tan pronto como pudieron. Cuando el Sultán se vio así derribado, tuvo más vergüenza que la que nunca había sentido en su vida. Muy ferozmente se volteó hacia su gente y les increpó: «¡Oh, falsos y desleales sarracenos de Mahoma! Sed malditos porque ha bastado un loco cristiano para doblegaros y haceros retroceder. Ya veis que no son sino un puñado de gente en una sola nave, mientras que nosotros tenemos tres grandes y fuertes naves; y aun así no habéis podido abordarla valientemente». Entonces recomenzó el asalto a la nave cristiana y los sarracenos la atacaban por todas partes. Gillion, desde la borda, castigaba duramente a los sarracenos. Aquel que era alcanzado por su espada, jamás sería visto de nuevo. Comenzó a gritar «¡Trazegnies!» para alentar a su gente, la que, muy valientemente, lo ayudaba como mejor podía. En un momento, los sarracenos lograban pasar a la nave cristiana; en el momento siguiente, eran arrojados fuera de ella. La matanza fue enorme, al punto que alrededor de las naves el mar era rojo por la sangre de los muertos.

Pero hay un proverbio que dice que la fuerza pace en el prado. Porque los sarracenos eran tan numerosos que lograron tomar la nave de los cristianos y todos los cristianos que se encontraban en ella fueron cortados en pedazos, salvo Gillion que fue tomado prisionero y atado, porque el Sultán no quiso que lo mataran debido a que lo había visto tan valiente y esforzado con las armas. Ordenó que lo enviaran inmediatamente al Cairo de Babilonia y que le dieran suficientemente de comer y de beber hasta que él hubiera regresado de Chipre.

La orden del Sultán fue cumplida. Daba pena ver a Gillion hecho prisionero de los sarracenos, mientras que toda su gente y sus servidores estaban muertos y despedazados. Entonces, llorando, juntó las manos y elevándolas piadosamente hacia el Cielo oró a Nuestro Señor, rogándole que lo arrancara del peligro en que ahora se encontraba y que le permitiera escapar de manos de los sarracenos; también le pidió que cuidara a su muy amada esposa que había dejado encinta al partir y que la ayudara a dar a luz con gran alegría el fruto que ella llevaba en su vientre. «¡Ah, noble país de Hainaut! Si Dios no tiene piedad de mí, no te podré ver más. ¡Oh, muy nobles Condes! Si conocieran mi actual infortunio seguramente tendrían gran dolor en el corazón. ¡Havrec, Anthoing, Ligne, Enghien, La Hamede, mis primos y verdaderos amigos! Quizá jamás me volverán a ver. Nuestro Señor quiera protegerlos, así como multiplicar constantemente las riquezas de nuestro buen país. Monseñor San Leonardo , invoco vuestra ayuda y os requiero para que me socorráis porque sabéis que buena falta me hace». Bastante habéis oído sobre la captura de Gillion de Trazegnies, que estaba en una nave donde los sarracenos lo habían atado muy apretadamente y donde lo llevaban directamente al Cairo de Babilonia.

Cuando llegaron allá, los paganos lo colocaron en un calabozo muy profundo y oscuro, donde día y noche elevaba sus piadosas oraciones a Nuestro Señor. Pero por el momento dejaremos de hablar de Gillion hasta que sea la hora de regresar a él.

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