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La promesa
Capítulo 2

De la hermosa vida que llevaron juntos Gillion de Trazegnies y Dama Marie, su mujer

Acompañamiento musical

castillo con foso

Así como oís, el Señor de Trazegnies y la Dama Marie, su esposa, diariamente elevaban sin cesar sus devotas plegarias a Nuestro Señor. Todos estaban apenados por el hecho de que no pudieran tener linaje, dada la bondad y belleza de ambos. Gillion era muy grande, corpulento y de buena talla en todos sus miembros. Su mirada era tan fiera como la de un león. Era muy apreciado y querido por el Conde. Sabio de espíritu y bien hablado, de él se podía recibir muy buen consejo. Detestaba a los aduladores y halagadores. Estuvo siempre listo para servir a su Señor. Con su buen sentido había apaciguado muchas controversias y tensiones. No tenía enemigos y era respetado y querido por grandes y pequeños.


Sucedió que un día él y Dama Marie, su mujer, estaban apoyados en la ventana de la sala desde donde se divisaban muchas cosas. Después de un tiempo de estar ahí, la Dama se puso a mirar el foso del Castillo, donde el agua era clara y hermosa. Ahí podía verse un gran número de peces nadando. Entre ellos, Dama Marie vio una gran carpa que en torno de ella tenía muchas pequeñas carpitas. Unas iban delante de la carpa madre, adelantándola; otras al costado; otras abrían la boca para tomar aire. Por lo cual parecía que a la carpa le daba placer tener sus crías. Los miró muy atentamente y pronto las lágrimas comenzaron a deslizarse a caer por sus mejillas. Lanzó un fuerte suspiro. Su Señor, que estaba sentado al lado de ella, se dio cuenta y sintió un gran dolor en el corazón al verla llorar así.

Le preguntó muy dulcemente cuál era la causa de su pena, rogándole que le contestara. Ella, que lo amaba mucho, le respondió: «Ya que así lo queréis, Sire, la razón pide que os lo diga. A vos, Sire, no puedo ocultaros nada. Pero no penséis que nada de lo que os diga pueda ser culpa vuestra. Ya que lo queréis saber, la verdad es que estando apoyada a vuestro lado en esa ventana, mirando hacia abajo he visto un pez en el agua del foso en torno al cual nadaban una gran cantidad de pequeños peces. Pensé que ese pez era la madre, pues los pequeños peces jugaban y nadaban con ella. Advertí que ella les hacía grandes fiestas a los pequeños como, por derecho, la naturaleza enseña a amar lo que se ha procreado. Yo, al ver el amor tan grande que la madre tiene por sus hijos, me he acordado de vos a quien Dios ha otorgado tantas gracias como ningún otro hombre que conozco, de tal manera que no ha ahorrado ninguna belleza, en fuerza como en contextura y en la proporción de todos vuestros miembros. De otro lado, Dios me ha hecho tan bien y me ha formado tan perfectamente que no sé qué cosa pueda tener otra mujer que yo no tenga. Además, Dios nos ha provisto magníficamente de oro y plata, de tierras y señoríos, que no tenemos razón alguna de quejarnos. Por todo eso estamos obligados a darle las gracias y a rendirle alabanzas, salvo en que la naturaleza se ha olvidado de nosotros porque no podemos tener descendencia. No importa cuál de los dos es responsable de ello, en la medida de que es así como lo quiere Nuestro Señor».