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La promesa
Capítulo 4

Cómo Gillion fue a Mons, donde encontró al Conde de Hainaut a quien trajo a Trazegnies

Acompañamiento musical

Después de esa noche en que Gillion de Trazegnies yació con su noble mujer, llegó la mañana. Se levantaron y fueron a oír el servicio divino. Después regresaron como de costumbre al Castillo de Trazegnies. Luego de desayunar fueron, también como de costumbre, a retozar en el campo. Y es así como Gillion pasó una temporada en su Castillo con Marie, su noble mujer.

Sucedió que una noche en que yacían juntos y conversaban de sus asuntos, la Dama comenzó a quejarse un poco. Después le dijo a su marido: «Sire, sucede que estoy encinta. Porque ya han pasado dos días desde que lo he sentido por primera vez. Gracias y alabanzas debemos rendir a Nuestro Señor y rogarle que me vaya bien en el parto y que pueda asistir al bautismo». El Señor de Trazegnies, habiendo oído decir a su mujer lo que más deseaba escuchar, levantó las manos al Cielo agradeciendo a Nuestro Señor y rogándole en su corazón que le permitiera cumplir con la promesa que había hecho. Después se tornó hacia su Dama y le dijo que era una gran cosa que Dios no los hubiera olvidado.

Conversaron de muchas cosas. Pasó la noche. Cuando llegó el día siguiente, se levantaron. Gillion ordenó y alistó a su gente y les dijo que después del desayuno iría a ver al Conde de Hainaut, su Señor, a quien esperaba encontrar en Mons. Fueron juntos a oír Misa. Después regresaron a tomar desayuno. Una vez que hubieron comido y bebido a su gusto, se levantaron de la mesa.

Los caballos fueron alistados. Después Gillion se despidió de su Dama y él y su gente montaron a caballo. No se detuvo hasta que llegó a Mons donde encontró al Conde de Hainaut, su Señor, quien lo recibió muy alegremente, lo mismo que la noble Condesa y los barones que ahí estaban y que habían sido reunidos por mandato del Conde.

castillo de Trazegnies hoy

El Castillo de Trazegnies hoy
Donjon

Gillion de Trazegnies fue a ver al Conde y le dijo: «Sire, os suplico humildemente que, si queréis hacer algo por mí, vengáis a Trazegnies. Veréis nuestro nuevo hogar y mi muy respetada señora. Creo que no me negaréis este favor». El Conde le respondió: «Sire de Trazegnies, vuestro pedido os sea concedido. Nos han dicho que en torno a Trazegnies, en vuestros bosques, hay grandes ciervos; por lo que podríamos entretenernos cazándolos». «Sire,» dijo Gillion, «podréis entreteneros sin duda porque hay un gran número de ciervos, corzas, gamos y venados». El Conde, que todavía era un hombre joven, deseando complacer a Gillion, ordenó que se preparase su saco de viaje para partir en la mañana siguiente; lo que fue hecho así.

Cuando llegó el día, las damas estaban listas. Con grandes demostraciones de júbilo, subieron a los coches y hacaneas. Pero antes de que ellas retornen, la Condesa y toda su compañía mudarán esta alegría en llanto y tristeza, como podréis oír.