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Capítulo 11
Prisión en Egipto

Cómo Gillion, estando en prisión donde hacía sus lastimosas plegarias y presentaba sus quejas a Nuestro Señor, fue mandado llamar por el Sultán para hacerlo morir

Acompañamiento musical

Manuscrito Lord Devonshire: detalle de la orla.jpg

Cuando el Rey Ysor de Damasco hubo oído las noticias que le traía el mensajero, rápidamente hizo escribir comunicaciones y las envió a los Reyes y Emires que eran sus amigos y aliados. El Rey de Antioquia y su hijo vinieron a servirle. El Rey de Carse, el Rey Dolifernes y varios otros Reyes y Emires, que sumaban hasta diez, acudieron al llamado con todo su poder. Daba horror verlos y oír el estruendo de sus tambores, cornos y trompetas. Toda la llanura de Damasco, incluyendo los jardines, se llenó de gente en armas. El Rey de Damasco los recibió con gran regocijo. Se quejó ante ellos del desaire que le había hecho el Sultán al negarle a su hija a quien había requerido en matrimonio. Y dijo a los Reyes que los había reunido para preguntarles si querían ayudarlo a luchar contra el Sultán. Todos, con un solo acuerdo y consentimiento, le respondieron que lo harían con gusto.

[Dejemos ahora] un poco de hablar del Rey de Damasco y de los Reyes sarracenos [que lo] acompañaban. Y hablemos un poco de Gillion de Trazegnies que estaba en Babilonia en una muy [dura] prisión, donde presentaba sus muy lastimosas quejas a Dios, rogándole que lo quisiera [salvar] del peligro de perecer en que se encontraba; porque estaba muy consciente de que, si no fuera por Su Gran Gracia, de ahí no saldría. A menudo extrañaba a su noble esposa y a su hijo y también extrañaba al buen Conde de Hainaut, a sus parientes y amigos, diciendo: «¡Oh, verdadero Dios! Si el Conde de Hainaut y mis buenos amigos supieran lo que me sucede, ciertamente encontrarían la manera de librarme del peligro en el que estoy. Pero veo que en esta prisión terminaré miserablemente mi vida». Entonces Gillion, juntando las manos y llorando, se puso de rodillas y dijo: «¡Oh, mi verdadero Dios! En honor y

remembranza de la Pasión que para salvarnos quisisteis sufrir el día del buen Viernes, yo Os pido que con Vuestra dulzura y clemencia me queráis confortar y ayudéis a mi muy amada compañera a soportar la pena y la gran desazón que estoy seguro que siente por mí».

Así como oís, Gillion de Trazegnies hizo su oración a Nuestro Señor, devotamente y con buen corazón. De esta plegaria, Dios no quiso olvidarse, porque inmediatamente le envió un Angel del Paraíso que, al llegar a la prisión, produjo una claridad tan grande que todo estaba iluminado. Gillion quedó muy confundido al ver esta claridad. Entonces, se oyó la voz del Angel que le dijo: «Gillion, no te confundas. Dios me manda decirte que te ayudará y te reconfortará; y que antes de que tú mueras, volverás a tu tierra. Pero antes sufrirás muchas penas y trabajos».

El Angel partió, dejando a Gillion muy resignado. Elevó las manos al Cielo, diciendo: «Mi verdadero Dios, mucho Os debo alabar y agradecer porque Vuestra piedad ha tenido compasión de mí y me habéis enviado vuestro santo Angel. Bendito sea Vuestro nombre, cuando a un tan pobre pecador Os habéis dignado consolar».

Justamente cuando Gillion estaba dedicado a sus devotas plegarias, el Sultán estaba paseando teniendo de la mano a la bella Graciana, su hija a quien amaba tanto, y le contaba sobre las guerras y los problemas que había tenido y [cómo] el Rey Ysor quería ahora hacerle la guerra para casarse con ella [y de las] grandes pérdidas que recientemente había sufrido en Chipre. Entonces se acordó de la nave de los cristianos que había capturado en su camino a Chipre y del prisionero cristiano que había mandado a un calabozo en El Cairo. Y juró muy seriamente que en su palacio y delante de todos sus barones lo haría despellejar vivo para vengarse del Rey de Chipre. El Sultán hizo llamar al alguacil que tenía a su cargo las prisiones y le ordenó que inmediatamente y con la mayor presteza fuera a traer al cristiano que él había enviado cuando se encontraba en camino de Chipre. Habiendo oído la orden, el alguacil fue al calabozo, abrió los cerrojos y entró. Cuando Gillion oyó descorrer los cerrojos tan ferozmente, rogó de manera muy devota a Nuestro Señor que lo guardara de todo mal. Después recordó la visita del Ángel enviado por Nuestro Señor, que le había dicho que todavía regresaría a su país antes de que le tocara morir. Pero no debe sorprendernos que haya tenido tanto temor cuando escuchó al alguacil descorrer tan ferozmente los cerrojos.