Make your own free website on Tripod.com

Home

Capítulo 11 | Capítulo 12 | Capítulo 13 | Capítulo 14
Capítulo 14
Prisión en Egipto

Sigue en "La batalla de Babilonia"

Cómo vino la bella Graciana a visitar a Gillion al calabozo en el que se encontraba y cómo tanto él como Hertán la amonestaban para que creyera en la ley de Jesucristo

Acompañamiento musical

caratula.jpg

Así habéis oído la manera como la doncella salvó a Gillion de la muerte.

Cuando llegó la noche, ella pensó mucho cómo podría hacer para hablarle. Y cuando llegó la medianoche se levantó de la cama con el mayor sigilo a fin de que ni hombre ni mujer pudieran verla. Ella, que conocía bien los pasadizos del palacio, salió de su cuarto y, atravesando un jardín, llegó hasta donde se encontraba el guardia. Este todavía no se había dormido, porque había estado en la prisión con Gillion a quien le había confesado su fe y le había solicitado consejo sobre la manera como debía creer en Jesucristo. Cuando la doncella llegó donde él, le dijo: «Hertán, abre los cerrojos». El guardia de la torrea, al oír a la doncella, quedó muy asombrado y se preguntaba cuál podía ser la causa por la que la hija del Sultán venía a verlo a estas horas de la noche. Dudó sobre si debía abrir la puerta y le dijo: «Señora, ¿qué razón os trae para venir sola a esta hora?». «Hertán,» le respondió la doncella, «quiero hablar con el cristiano que se encuentra preso en este calabozo para ver si lo puedo convertir a la ley de Mahoma. Sería una gran pena que no lo intentara con un hombre como éste». Hertán observó a la doncella y la vio mudar de color, de pronto empalideciendo, de pronto ruborizándose como una rosa bermeja; y así varias veces la vio colorearse y empalidecer. El, que era muy sutil, conoció inmediatamente que la doncella estaba herida de amor por el cristiano; y le dijo: «Dama, es buena cosa intentar colocar a un hombre en el buen camino y hacerle creer en vuestras bellas palabras para atraerlo y llevarlo a que haga vuestra voluntad. Estáis herida por un dardo del cristiano que por amor os ha atravesado el corazón. El único médico que os puede salvar de este mal se encuentra en el calabozo, por lo que no podréis escapar del mal sino por él. Pero si guardáis en secreto lo que voy a deciros, os ayudaré a realizar vuestro propósito, que no sería posible sin mí». La dama, oyendo hablar así al guardián, supo que le decía la verdad, y le dijo: «¡Ah, Hertán, mi amigo! Que se enoje Mahoma si digo alguna vez a alguien lo que tú me reveles». Hertán, que estaba muy contento con esta aventura, le dijo: «Dama, sabed en verdad que ha pasado ya mucho tiempo desde que soy creyente en la santa ley de Jesucristo, porque la ley de Mahoma es falsa y detestable». Cuando la doncella oyó a Hertán, se llenó de alegría a tal punto que no pudo contenerse: «Hertán, mi muy fiel y leal amigo, en verdad y sin sombra de mentira, de todo corazón yo me he rendido a creer en la santa y verdadera ley de Jesucristo. Y en esa fe quiero vivir y morir por el muy devoto y verdadero amor que tengo por el cristiano que se encuentra ahí abajo en esa profunda mazmorra, a quien le doy desde ahora todo mi amor aunque

nunca haya hablado con él. Os ruego, mi querido amigo, queráis ir por él y traerlo a esta habitación para poder hablarle y contarle los dolores que día y noche sufro por él». «Dama,» le dijo el guardia, «ya que eso es lo que queréis, de muy buen grado os obedeceré». Entonces, sin tardar más, fue a la mazmorra, abrió la puerta y entró.

Cuando Gillion oyó que se descorrían los cerrojos, se sorprendió mucho porque no tenía costumbre de que a esa hora vinieran a verlo. Tuvo mucho miedo de que alguna mala cosa hubiera sucedido que lo perjudicara. Hertán comenzó saludando a Gillion, quien estuvo muy contento de verlo.

Entonces Hertán le contó palabra por palabra el encargo que había recibido de la doncella y cómo, por amor a él, ella había comenzado a creer en Jesucristo. Al oír Gillion al guardia, se puso a alabar muy humildemente el Nombre de Nuestro Señor y a agradecerle, porque veía que lo que le había dicho el Santo Angel era verdad; la alegría que tuvo en su corazón era tan grande que no podría haber sido más feliz. Entonces, el guardián de la torre lo tomó del brazo y lo llevó a la habitación donde estaba la doncella. Cuando la vio, se acercó y la saludó muy humildemente inclinándose ante ella; pero ella sonriendo le tomó de la mano y le dijo: «Vasallo, es a Dios que debéis alabar, porque os ha salvado de un peligro tan grande». «Dama,» dijo Gillion, «la gracia de Nuestro Señor y la vuestra. Soy vuestro servidor y lo seré mientras mi cuerpo tenga vida». Entonces los dos se sentaron sobre un lecho y se hablaron de sus amores. Hertán estaba cerca de allí, atento a si por casualidad venía alguien que hubiera podido descubrirlos. La doncella y Gillion conversaban: él le contaba sobre la Pasión de Jesucristo y sobre su Resurrección y de cómo subió a los Cielos. Palabra por palabra le contó sobre nuestra ley, sobre la condenación de los malvados y de los que no han sido bautizados. Después le habló del gozo de los buenos, quienes después de muertos serán recibidos en el Paraíso donde tendrán gloria sin fin. Tanto la sermoneó Gillion y le dijo tan bellas palabras que la doncella orientó su amor a Nuestro Señor; de lo que Hertán, quien los escuchaba con gusto, quedó muy contento.

Tanto hablaron los tres juntos que de pronto llegó el alba. Entonces el guardián de la torre le dijo a la doncella: «Dama, es tiempo y hora de que partáis de aquí. Id a vuestra habitación y nuestro prisionero regresará a su calabozo. No os preocupéis por él. Me encargaré de que tenga lo necesario, ya que eso os da gusto».«Hertán,» le dijo la doncella, «os lo encomiendo como si fuera mi propio cuerpo». Entonces Graciana, tomando a Gillion de la mano, le dijo: «Amigo, a Dios os encomiendo». El le respondió: «Bella, Dios os dé lo que os haga falta y que yo no percibo, porque vuestra belleza no tiene falla». Entonces el guardián de la torre regresó a Gillion a su mazmorra, donde éste tuvo una muy buena prisión; porque todo lo que el cuerpo de una persona pudiera desear para estar cómodo, Hertán se lo daba: hermosas y blancas sábanas eran cambiadas dos veces por semana y todo lo que pensara le era proporcionado.

Así como oís, pasó Gillion un cierto tiempo. Pero aún cuando estaba tan cómodo como quisiera, extrañaba siempre a su noble esposa y a su hijo. Dejaremos por ahora de hablar de él hasta que sea el tiempo oportuno y hablaremos del Rey de Damasco.