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Capítulo 21
La reivindicación de Gillion

Cómo el Sultán ordenó que le trajeran a Gillion que estaba en el calabozo y cómo Graciana lo hizo presentarse completamente vestido como lo estuvo el día de la gran batalla

Acompañamiento musical

Manuscrito Lord Devonshire: Corte del Sultán.jpg

Ya habéis oído cómo el Sultán estuvo en Chipre, donde había sido derrotado por el Rey de Chipre; y éste último, para agradecer este honor y gloria, había jurado a Dios que iría a atacar al Sultán en la misma forma como el Sultán había venido a atacarlo a él.

Los barones y caballeros de la Corte tuvieron una gran satisfacción cuando el Rey les pidió prometer que lo ayudarían en esta empresa. Muchos deseaban lo mismo.

Por el momento dejaremos de hablar de ellos y hablaremos del Emir de Orbrye quien había enviado cartas a todos sus amigos y aliados, rogándoles que se reunieran con él un día determinado. Ese día todos concurrieron al puerto de la ciudad de Orbrye y se embarcaron en la flota que les había sido preparada. Levantaron las velas y se hicieron a la mar. Producía gran maravilla ver la flota, navegando con rumbo a Babilonia.

Por su parte, el Rey de Chipre se hizo a la mar, acompañado de un gran número de personas, también con destino a Babilonia. De manera que se venía al encuentro del Sultán una gran guerra contra cristianos y sarracenos, sin que unos supieran nada de la expedición de los otros.

Cuando llegó la fiesta de San Juan, el Sultán, que no había olvidado la promesa que había hecho a Mahoma, hizo reunir a sus príncipes y barones para la celebración. Cuando todos hubieron llegado, el Sultán los recibió con gran júbilo. Se tendieron las mesas y la colocación del agua fue anunciada pro dos heraldos con cornos, lo que indicaba que la emsa estaba lista. Y se sentaron a comer, sirviéndoseles muchos platos. La fiesta que se llevó a cabo en el Palacio de Babilonia fué muy fastuosa. Los asistentes recordaban la victoria que habían tenido en la que Mahoma mismo los había socorrido. El Sultán para hacerles un honor mayor a sus barones, mandó llamar a su hija, la bella Graciana, y la sentó a su lado. En la mesa había un rey sarraceno que la había amado durante mucho tiempo, pero que ella nunca quiso tomar en cuenta. Porque sobre todas las cosas, ella había puesto todo su amor en Gillion; y además, tenía grandes deseos de convertirse en cristiana. Entonces el Sultán comenzó a hablar muy alto para que todos pudieran oír y dijo: "Señores Reyes y Emires que estáis aquí reunidos. Recordáis bien la gran promesa que hice a Mahoma para agradecerle la gran victoria que nos proporcionó y que nos hizo pasar de la servidumbre a la libertad. Por eso, es mi intención para honrarlo más que el día de hoy le haga presente de un cristiano; y además ordenó que la imagen de Mahoma sea traída a este palacio". Lo que se hizo de inmediato. Llegó la estatua de Mahoma, toda de oro fino y adornada con perlas y muchas piedras preciosas. Delante de ella venían los músicos tocando diversos instrumentos muy melodiosos al oído. En el palacio había gran alegría y fiesta.

Después de que terminaron de comer y se retiraron las mesas, la bella Graciana pidió disculpas al Sultán, su padre, y se retiró a su habitación, diciéndole a su padre que regresaría pronto para ver la diversión con el cristiano que debía morir; y le rogó a su padre que no diera la orden hasta que ella estuviera de vuelta. El Sultán, acariciando a su hija en el mentón, le prometió que la esperaría; lo que ella agradeció humildemente. Después fué a su habitación donde encontró a Gillion, a quien saludó con gran alegría. Entonces, se sentaron en el lecho, mientras Hertán esperaba. "Gillion," le dijo Graciana, "quiero contaros la gran locura que acomete a mi padre actualmente, porque está convencido de que fué Mahoma quien lo liberó de las manos de sus enemigos y de que fué gracias a él y a sus milagros que se ganó la batalla. Por ese motivo, ha organizado el día de hoy una fiesta para Mahoma con gran solemnidad y pompa y quiere ofrecer vuestro cuerpo y desmembrarlo, como sacrificio a Mahoma por la victoria habida. Pero sabed que yo quisiera hacer algo muy distinto. Porque quiero que seáis armado y vestido de la misma manera como lo estuvisteis el día que lo liberásteis de la estaca donde estaba atado". "Bella," le dijo Gillion, "ya que así lo queréis, lo haré con todo gusto".

Entonces Hertán fué y trajo las armaduras y ropajes que Gillion usó el día de la batalla; con lo que quedó armado ni más ni menos que lo que lo estaba ese día. Cuando todo estuvo listo, la noble doncella regresó al palacio y se sentó al lado de su padre, reclinándose en él. Estando ella de regreso, el Sultán llamó a un sarraceno llamado Salatro y le ordenó que inmediatamente fuera donde Hertán, el guarda del calabozo, y le dijera que hiciera venir al cristiano a quien tenía intención de matar en sacrificio a Mahoma. Este, que tenía grandes deseos de que esto sucediera, partió rápidamente. No había avanzado mucho cuando se encontró con Hertán que ya traía a Gillion.

Al entrar al palacio, el Sultán y todos sus barones quedaron maravillados y lo miraban con mucho detenimiento. El Sultán comenzó a gritar muy fuerte: "Señores, en verdad ved aquí a Mahoma ni más ni menos como estaba el día y la hora en que me liberó de la estaca y entró en la tienda del Rey Isor". Cuando los sarracenos escucharon al Sultán, todos al mismo tiempo se inclinaron y se colocaron de rodillas con las manos juntas, incluyendo al Sultán que estaba feliz. Porque en realidad el Sultán creía que se trataba de Mahoma en persona que había venido para asistir al sacrificio del cristiano. La bella Graciana, viendo la locura general, comenzó a reír muy fuerte; y Hertán se hizo a un lado para reírse a sus anchas y se decía a sí mismo que nunca había visto tanta locura como ésta del Sultán y de todos sus Emires que debían estar muy locos para creer que Mahoma había hecho por ellos estos milagros.

Gillion estaba de pie en medio de todos los sarracenos, quienes aseguraban que nunca se había producido un milagro más bello. Entonces, la hermosa Graciana, viendo la locura de su padre, le dijo: "Ah, ah, Sire, abandonad esta locura de creer que Mahoma está aquí. Os diré la verdad de los hechos si tenéis a bien escucharme. Sire, sabed que aquel que véis ante vos así armado es el fuerte cristiano que teníais en prisión. Cuando yo me enteré que habíais sido capturado y que vuestro pueblo estaba siendo objeto de un gran daño y destrucción, dí órdenes de que lo sacaran del calabozo y lo hicieran venir a la habitación. Y me prometió que si se le permitía entrar en batalla, moriría en ella u os traería vivo, retornando después a la prisión; lo que efectivamente cumplió, como vos lo sabéis. Yo lo hice armar con vuestras armas y lo ayudamos Hertan y yo misma. Como véis, por salvaros la vida ha arriesgado su propia vida y cuerpo. Después regresó a la prisión, conforme lo había prometió". Nunca había estado el Sultán tan confundido como después de escuchar a su hija. La tomó en sus brazos y la besó más de cien veces. Pero no desmostró tanto regocijo en relación con Gillion, por el hecho de que era cristiano. Le ofreció que podía salir del calabozo, pero que debía prometerle que muy abandonaría la ciudad sin su permiso. Gillion aceptó, aunque muy desilusionado por ello; y razón tenía de desilusionarse pues, como se verá, tuvieron que pasar veinte y cuatro años antes de que pudiera regresar a su país.

El Sultán y todos sus Emires lo alabaron mucho por sus hechos de armas y repetidas veces le propusieron abjurar de la Ley de Dios y creer en la Ley de Mahoma. Pero Gillion se negó. ¡Cuántas veces le insistió el Sultán! Hasta que vió que era en vano y lo dejó tranquilo. Sin embargo, le tomó mucho aprecio y ordenó que todo cuanto quisiera le fuera dado. De pronto, mientras así conversaban, entró un sarraceno que parecía muy atemorizado. Cuando advirtió al Sultán, se dirigió a él y en alta voz le dijo: "Sire, tiempo es de que dejéis los juegos y las diversiones y que penséis en defender vuestras tierras y señoríos. Porque vuestro enemigo y adversario el Rey de Chipre se encuentra en Egipto y viene por tierra bordeando el río por donde navega su flota llena de cristianos deseosos de abatir y ultrajar la Ley que nosotros tenemos". Cuando el Sultán escuchó esta noticia, le vino tal ira que se puso más rojo y encendido que el fuego. Pero se dice comúnmente que mal sobre mal no produce pan santo; porque antes del tiempo necesario para cabalgar media legua, llegó otro mensajero gravemente herido en varias partes del cuerpo y que parecía estar fuera de sí. Cuando se encontró ante el Sultán, hablando muy alto le dijo: "Noble Emperador, ¿qué esperáis en ir a socorrer rápida y oportunamente a vuestros hombres y a vuestro pobre pueblo que el Emir de Orbrye ha hecho prisioneros? Sabed, Sire, que si no ponéis remedio de inmediato, todo el país será destruído e incendiado".

El Sultán, muy conmovido y turbado por estas noticias, observó al mensajero. Después hizo llamar a Gillion y le dijo: "Hoy en presencia de todos mis barones me habéis prometido y jurado que llevaréis vuestro cuerpo hasta la muerte para servirme bien y lealmente como caballero que sóis; y que no me quitaríais sin mi licencia y permiso. Verdaderamente desde ya os tengo tanto aprecio que os tendré siempre por leal amigo; y he puesto en vos toda mi confianza y mi tranquilidad. Ahora tengo una necesidad muy grande de vuestros servicios porque me ha llegado la guerra desde dos costados. En un lado son cristianos y en el otro sarracenos. Os ruego que elijáis el lado contra quien queréis combatir por la defensa y custodia de mi país: "Sire", le dijo Gillion, "puesto que me permitís escoger lo que me parezca, elijo luchar contra los sarracenos. La razón de tal elección consiste en que, si voy al encuentro de quienes son creyentes en mi Ley y las cosas salen mal, podría decirse que la derrota ha sido preparada por mí. Y no quisiera por nada del mundo que tuviérais ocasión de desconfiar de mí". Al oír el Sultán a Gillion, le dijo que lo consideraba como persona inteligente y correcta en razón de la forma como le había respondido. Concluyeron entonces que Gillion iría al encuentro del Emir de Orbrye y que llevaría las armas del Sultán como lo había hecho la vez anterior, a fin de que fuera obedecido sin dudas. "Sire," dijo Gillion, "agradezco el honor que me hacéis: Si así le pluguiera al Dios en el que creo, haré tales cosas que me tendréis aprecio por siempre".