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La separación de los hermanos
Capítulo 41

Aquí se habla de la bella Nathalie, quien se enamoró de Gérard mientras éste se encontraba prisionero en Ragusa.

Acompañamiento musical

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Por su parte, Gérard se encontraba en el mar con los esclavonios y, viéndose separado de Jean, su muy querido hermano, comenzó a llorar y a lamentarse diciendo: "¡Mi muy querido hermano! Mucho debe dolernos a ambos el corazón debido a nuestra desgracia. ¡Qué dolor puede se más grande que aquel que vos y yo sentimos por la separación de uno y otro! ¿qué ha devenido el gran cariño que siempre hemos tenido uno para el otro?. La razón y la naturaleza nos han movido a querernos debido a que hemos venido al mundo de un solo padre y de una sola madre y en una sola vez. Ciertamente, el gran dolor que siento en mi corazón me afecta profundamente (mest importable). Mucho ha cambiado nuestra fortuna desde la época en que estuvimos juntos en el torneo en Condé sobre el Escaut. ¿Qué dirá ahora nuestra muy querida madre cuando vea que ha perdido a su marido, nuestro querido padre, y también a nosotros sus hijos?. Ciertamente le serán dolorosas estas noticias. ¡Ah, noble conde de Hainaut, príncipe muy poderoso, descendiente de noble troyanos! Jamás os veré nuevamente ni a mis compañeros ni al país que he dejado. ¡Ah, muy nobles armas de Trazegnies!. Ahora seréis abandonadas y aniquiladas porque no existirá ningún heredero que por razón tenga derecho a portarlas. Mucho me duele el corazón por este hecho, ya que estas armas fueron conquistadas contra los sarracenos. Ahora jamás serán llevadas por nadie, ya que los herederos se habrán perdido". Después, extrañaba a su hermano Jean llorando en forma que inspiraba compasión. Pero poco importaba su dolor a los esclavonios que lo llevaban.

Mientras tanto, navegaban hacia Ragusa, en donde tanto los habitantes de la ciudad como de los campos vecinos estaban sorprendidos por no tener noticias alguna de su Señor, el Rey Bruyant, ni de su ejército. Bruyant tenía dos hijos: un muchacho, joven y apuesto, llamado Morgant; y una doncella, que era la más bella y la más simpática que pudiera encontrarse en toda Esclavonia. Recientemente habían enviado mensajeros por mar a fin de requerir noticias sobre su padre. Sucedió que un día en que Morgant y su hermana estaban juntos, subieron a una de las torres del alto castillo de Ragusa para ver si por el mar llegaba algún barco extraño a quien pudieran preguntar noticias sobre su padre. No había pasado ni una hora cuando avistaron el barco de los piratas en el que era traído Gérard. Morgant le dijo a su hermana que pronto tendrían algunas noticias que podría traer ese barco que venía con rumbo al puerto. "Hermano", le dijo la doncella, "descendamos de esta torre y vayamos al puerto. Tenemos que estar allí cuando la nave sea anclada. Veremos el tipo de mercadería que traen y esto nos dirá si tenemos esperanzas de que pudieran traer noticias de nuestro padre". Entonces los dos juntos se tomaron de la mano y descendieron rápidamente. Llegaron hasta la ribera donde encontraron la nave que era una maravilla de grande y amplia. Ellos habían creído que se trataba de mercaderes, pero no lo eran; la nave estaba repleta de piratas y de corsarios. Se acercaron a la embarcación y subieron a ella Morgant y la doncella. Cuando estuvieron dentro, la doncella se puso a mirar y advirtió gran cantidad de bienes y riquezas, de oro, plata y mucha vajilla. Por otra parte, vio un gran conjunto de prisioneros, atados y encadenados, los unos que lloraban y los otros que se quejaban de su infortunio. Entonces la doncella llamó al patrón de la nave y le pregunto quiénes eran aquellos que veía ahí prisioneros. "Dama", le dijo el patrón pirata, "son pillos y ladrones que vienen de extraños lugares y que son creyentes en la ley de Jesucristo. El otro día fuimos atacados por ellos de tal manera que si Mahoma no nos hubiera ayudado, ahora nos encontraríamos perdidos y sometidos a esclavitud. Felizmente hemos podido regresar a salvo a nuestro país. Y por esto, dama, si hay aquí cosa alguna que a vos o a vuestro hermano os sea placentera o que deseáis tener, podéis tomarla como vuestra". Cuando Morgant escuchó esto, le agradeció muy vivamente y le dijo al patrón de la nave que le entregara a los prisioneros para hacer de ellos lo que quisiera. Entonces el patrón hizo que sacaran a los prisioneros y se los entregó a Morgant. Ahí estaba Gérard que, en lo profundo de su corazón, rogaba muy piadosamente a Nuestro Señor y a la Virgen María, solicitándoles devotamente que tuvieran piedad de él. A la bella Nathalie le dio mucha pena ver a este jovencito que lloraba y ponía cara triste y se puso a observarlo atentamente. La pareció que jamás había visto a un joven tan apuesto Su corazón se puso a amarlo muy fuertemente, pero no permitió que se notara nada por el momento.

Después de que los piratas hubieron entregado sus prisioneros a Morgant y a su hermana, se fueron muy contentos porque no habían creído poder escaparse del castigo de Morgant, ya que si éste hubiera advertido que no eran mercaderes sino piratas los hubiera hecho colgar o ahogar. Por eso, se fueron lo más rápidamente posible, dirigiéndose a donde mejor les parecía. Morgant y su hermana hicieron llevar a los prisioneros y colocarlos en una torre del castillo de Ragusa, donde Gérard continuaba lamentándose. De él dejaremos por el momento de hablar y contaremos lo que sucedió cn los mensajeros que Morgant había enviado por mar para saber noticias del Rey Bruyant, su padre.

Los mensajeros, cuando estaban cerca de la isla de Candía, se encontraron con una nave llena de sarracenos que venían de los mercados de Siria, a quienes preguntaron si tenían noticias del Rey Bruyant. Los mercaderes de la nave sarracena les contestaron que el Rey Bruyant y todo su ejército había sido muerto con espada por el Rey Chipriota, sin que ninguno se hubiera escapado vivo. Los mensajeros de Morgant, habiendo oído las noticias de lo que había sucedido, quedaron muy dolidos y tristes y lo más pronto que pudieron regresaron a su país. Se esforzaron de tal manera que, con la ayuda del buen viento que tuvieron, en breves días llegaron al puerto de Ragusa. Cuando estuvieron ahí, los mensajeros descendieron a tierra y fueron al palacio donde se encontraba Morgant y su hermana a quienes contaron todas las noticias que habían oído. Cuando Morgant los hubo escuchado, de todo lo alto que era cayó pasmado al suelo y lo mismo sucedió con la bella Nathalie; no había nadie que los pudiera tranquilizar ni consolar en su duelo. Una vez recuperado y de pie, Morgant se puso a gritar: "¡Oh, muy desleal Mahoma!. Nadie debe tener confianza en ti cuando así has permitido que un Rey como mi padre haya sufrido su perdición y su muerte. Mi padre quería engrandecer tu nombre e imponer tu ley, con la ayuda de su ejército; sin embargo, ahora todos se encuentran miserablemente muertos por la espada y por la mano de enemigos de tu ley". Por su parte, la bella Nathalie sufría un duelo tan extraordinario que fue necesario llevarla medio muerta a su habitación. Por todo el palacio y por la ciudad entera se levantaron grandes gritos y lamentaciones por los amigos que habían sido perdidos. Se comunicaban sus penas unos a otros y después tiraban de sus barbas y de sus cabellos y se arañaban los rostros. Había allí un sarraceno muy sabido y discreto en su ley. Ese vino hacia Morgant y lo consoló lo mejor que pudo diciéndole que todos debían morir alguna vez y que nadie que tuviera vida en este mundo podía escapar a este destino. Tanto hizo hablándole bellamente que lo tranquilizó y le dijo que nunca más se le debería ver llorando ni gimiendo. Después le dijo a Morgant: "Sire, os haremos coronar y seréis nuestro Rey de ahora en adelante como la razón lo establece. Sois Señor nuestro por derecho y todos querrán serviros y obedeceros, otorgándoos honor y lealtad. Dejad en paz nuestro duelo y rogad a Mahoma para que el alma del Rey, vuestro padre, pueda ser salvada". Así como lo oís, el sarraceno hizo tanto mediante sus bellas palabras que tranquilizó a Morgant. Pero la bella Nathalie lloraba a menudo por la muerte de su padre. Sin embargo, cuando recordaba al prisionero cristiano que estaba en su corazón, el gran amor que ella había puesto en él apaciguaba su duelo y la hacía pensar en otras cosas. Así como lo oís, los sarracenos se tranquilizaron. Llegó el día en que hacían la gran fiesta y las solemnidades en honro de Mahoma. Ese día coronaron a Morgant e hicieron una fiesta tan grande que jamás se había visto nada parecido antes en Esclavonia. Así pasa, pues, en el mundo que tan pronto como un hombre ha partido, ya es olvidado; como lo hicieron los sarracenos con el Rey Bruyant y con los que con él murieron en Chipre, por el amor del Rey Morgant que había sido coronado como nuevo Rey.