Make your own free website on Tripod.com

Home

Capítulo 40 | Capítulo 41 | Capítulo 42 | Capítulo 43 | Capítulo 44-A | Capítulo 44-B | Capítulo 45-A | Capítulo 45-B
La separación de los hermanos
Capítulo 42

De cómo el Rey Morgant fue coronado y sobre la forma como la bella Nathalie salvó la vida a Gérard de Trazegnies

Acompañamiento musical

Así como lo habéis oído, fue coronado Morgant como Rey de Esclavonia, de lo cual los sarracenos tuvieron mucha alegría. Pero Gérard que estaba prisionero en la torre, no hacía otra cosa que llorar noche y día extrañando a su querido hermano y a su madre que lo amaba lealmente.

Nathalie y Gerard.jpg

Sucedió que un día la bella Nathalie se había apoyado en la ventana de la torre en que se encontraba, cuando vio llegar la nave en la que había venido Gérard. Esto le trajo recuerdos y pensó largo rato cómo y que manera podría aliviar al prisionero. Descendió de la torre y fue a la sala donde se encontraba el Rey Morgant, su hermano, a quien le dijo: "Mi muy querido hermano, vos y yo tenemos un gran número de prisioneros que os fueron entregados hace mucho tiempo. Me gustaría verlos, si vos lo consentís". "Hermana mía, le dijo el Rey Morgant", lo consiento puesto que así lo queréis". El Rey Morgant ordenó al guardián de la torre que le trajera inmediatamente a todos los prisioneros ante él. El guardián se dirigió a las prisiones, hizo salir a los que ahí estaban y los trajo al palacio ante Morgant y la bella Nathalie, que los esperaban. Cuando Gérard se vió llevado al palacio, podéis creer y saber que tuvo un gran dolor en el corazón. Porque jamás pensó que podría salir de ahí sin recibir la muerte; a pesar de que saldrá vivo como lo podréis oír a continuación. Porque una vez que una mujer decide hacer algo, lo hará aunque requiera de dar mil vueltas para lograrlo. Así fue como lo hizo la bella Nathalie, la que por la apostura que había visto en Gérard, había sido herida con un dardo de amor hasta su corazón, que estaba todo inflamado y conmovido.

Cuando los prisioneros se encontraron delante de Morgant, muchos estaban muy confundidos; de lo cual nadie puede maravillarse. Entonces Morgant comenzó por preguntarles de dónde eran. Gérard no lo comprendió en absoluto porque no hablaba esclavonio. Pero los otros lo comprendieron suficientemente y le respondieron al Rey que eran mercaderes que iban por países y reinos para comprar y vender toda clase de mercaderías, como corresponde hacer a los buenos mercaderes. Después le contaron al Rey Morgant la manera como su nave había sido capturada. El Rey Morgant les preguntó de dónde eran y de dónde venían y si no sabían decirle nada de la muerte del Rey Bruyant. Le respondieron que venían de Chipre y de Rodas y de varios otros lugares donde habían comerciado sus mercaderías. Cuando el Rey Morgant les oyó decir que eran mercaderes, les dijo que sus vidas serían respetadas y que ya no les sucedería mal alguno a sus cuerpos. E inmediatamente los liberó. Mientras el Rey conversaba en esta forma con los mercaderes, posó su mirada en Gérard y se puso a observarlo muy atentamente porque advirtió que era el joven más apuesto y mejor formado en todos sus miembros que nunca había visto hasta ese momento. De sólo verlo se dio cuenta de inmediato que era cristiano. El Rey sabía hablar bien la lengua francesa porque la había aprendido en su primera juventud de un esclavo que en esa época tenía el Rey Bruyant, su padre, y también Nathalie había aprendido a hablarla. Entonces Morgant le dijo a Gérard que le respondiera la verdad y que si le descubría cualquier mentira lo haría matar de mala muerte. Cuando Gérard oyó al Rey hablar en lengua francesa, le dijo que ciertamente no dejaría de decirle toda la verdad. "Vasallo", le dijo Morgant, "de vos quiero saber dónde habéis nacido, dónde habéis estado y de qué parte veníais cuando fuisteis capturado". "Sire", le dijo Gérard, "he nacido en el país de Hainaut, que está vinculado al Reino de Francia. Somos dos hermanos mellizos que juntos partimos atravesamos el mar con la esperanza de encontrar a nuestro padre, quien también atravesó el mar hace ya mucho tiempo. Estuvimos en Chipre donde hubo una gran batalla. Después, cuando vimos que la guerra había terminado, partimos del reino de Chipre en una nave y es entonces que los dos fuimos capturados y la otra me trajo aquí, a vuestro puerto, donde me encuentro en vuestras manos". Cuando el Rey Morgant escuchó a Gérard, sacudió la cabeza y liberó a los mercaderes, a quienes despidió. Después miró a Gérard y le dijo que juraba por la fe que le debía a Mahoma que le haría morir. Gérard quedó triste y pensativo, seguro de perder la vida. Morgant, lleno de ira y de mal talante, preguntó a Gérard delante dee todos sus barones que ahí se encontraban si tenía alguna noticia del Rey Bruyant. "Sire", le dijo Gérard, "bien debo saber lo sucedido mejor que cualquier otro. Y por miedo de la muerte no dejaré de deciros la verdad: el Rey Bruyant fue muerto por mí mismo y no por ningún otro". "¡Por Mahoma!", le dijo Morgant, "esta muerte os será vendida cara, porque haré que despellejen vivo". "¡Ah, hermano!, "dijo Nathalie", os ruego que sufráis una espera hasta la fiesta del nacimiento de Mahoma, día en que como sabéis se acostumbra que los príncipes y emires vengan a honraros. Así todos verán la gran justicia y venganza que tomaréis en nombre de nuestro padre. No faltan sino tres meses, por lo que me parece que bien podéis aguardar. En esa ocasión vuestra gente, viéndoos coronado y conociendo que vuestro primer acto como Rey es el de llevar a cabo esta justicia, se pondrá muy contenta. Por eso es que os aconsejo que el prisionero sea enviado nuevamente a su calabozo. Y, a fin de que sea guardado en forma mas segura, me haréis enviar todas las noches las llaves a mi habitación". "Hermana mía", le dijo Morgant, "acepto vuestro consejo. Se hará como lo habéis dicho". Entonces Gérard fue cogido y llevado nuevamente a prisión. Apenas había llegado que ya la doncella enviaba por las llaves, las que le fueron traídas a su habitación para utilizarlas como quisiera.

Así como los oís, Gérard fue tomado y llevado nuevamente a prisión, donde se lamentó piadosamente ante Nuestro Señor con la seguridad de que no podría partir de ahí nunca más. Pero cuando llegó la noche, después de comida, cuando ya todos dormían en el palacio, la doncella Nathalie se levantó de su cama, se vistió, se puso los zapatos lo más secretamente que pudo y tomó las llaves en su mano, sin que hombre ni mujer la hubiere oído: tomó también una gran cantidad de pan, carne y vino que se había hecho proveer por medio de un esclavo suyo que era creyente en Jesucristo y en el cual tenía gran confianza. Encontró al esclavo en el lugar que habían convenido y los dos juntos, con una vela encendida oculta prendida debajo del manto, fueron al calabozo donde estaba Gérard. Ella tomó la llave, abrió el portón y entró. Cuando Gérard oyó que se habría el portón, pensó con toda razón que lo venían a buscar para matarlo. Muy devotamente se puso a orar a Nuestro Señor. Entonces la doncella en voz baja le dijo: "No tengáis miedo alguno; sabed que soy la hermana del Rey Morgant y que os vengo a ver y a visitar con la intención de haceros bien por el amor que tengo de vos". Entonces sacó la vela que tenía encendida y Gérard pudo ver a la doncella Nathalie. A él le pareció tan bella y tan simpática y tan gentil que no sabía qué pensar, ya que ahí dentro no estaban sino ellos dos. El esclavo había permanecido afuera para vigilar que nadie pudiese sorprenderlos. Gérard, viendo que la doncella, estaba sola con él, se aproximó a ella y le dijo: "Señora, bien os debo agradecer cuando por vuestra humildad y cortesía me habéis venido a a visitar y a socorrer". Como era audaz, se acercó más a ella y sin dudarlo, la abrazó y la besó, sin que la doncella lo rechazara. Mal sabría contarles lo que siguió. Pasaron la noche juntos, bebiendo, comiendo y conversando hasta que aclaró el día.

Se tomaron mucho tiempo en confesarse con gran placer sus amores. Cuando la doncella vio que ya era hora de partir, se despidió de Gérard abrazándolo y besándolo, y le dijo: "Amigo mío, a Dios os encomiendo de aquí hasta la noche, en que volveré a veros". "Señora", le dijo Gérard, "haced como a vos os plazca. Estoy muy contento de vuestra venida". La doncella salió del calabozo, cerró la puerta con llave y encontró ahí fuera a su esclavo a quien le preguntó si había escuchado algo; el esclavo contestó que nada. El esclavo se fue por su lado y la doncella salió al jardín a través de una pequeña puerta y luego desde ahí entró a su habitación lo más rápidamente que pudo; se acostó en la cama sin que nadie hubiera oído nada. En la prisión, Gérard no sabía que pensar y se dijo: "¡Oh, mi verdadero Dios!. Estoy muy maravillado por el hecho de que esta dama haya venido aquí a verme y no llego a comprender la intención que ha tenido para ello: no sé si es por amor o por falsedad. Pero, cualquiera que sea, ruego a Nuestro Señor que quiera socorrerme y ayudarme, así como a mi hermano Jean, y cuidar de la madre que nos dio a luz".

Así se hablaba Gérard a sí mismo, después de que Nathalie hubo partido de la cárcel; pero ella amaba tan naturalmente a Gérard que por nada del mundo hubiera querido que sufriera mal alguno. Por ahora dejaremos de hablar de Gérard, quien permaneció en la prisión al cuidado de la bella Nathalie, la cual venía a visitarlo todos los días una vez por día.