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La traición
Capítulo 25

Cómo Amaury se puso en camino para buscar a Gillion y después se habla de los dos hijos de este último

Acompañamiento musical

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Después de haber dejado el país de Hainaut, Amaury tomó el camino de Venecia donde se hizo a la mar. De él y de su viaje dejaré de hablar hasta que sea la hora de regresar a este tema.

Accediendo al ruego de la Dama, el Conde de Hainaut decidió permanecer en el Castillo de Trazegnies durante ocho días, para honrar y festejar al Conde de la Marche. Un día iban a cazar ciervos; el otro día salían a cazar con los halcones. En todas estas ocasiones, conversaban mucho entre ellos y a menudo hablaban del gran agasajo que la Dama les había organizado; y la alababan y estimaban mucho. Transcurridos los ocho días, los Condes de Hainaut y de la Marche se despidieron juntos de la Dama, así como los barones que ahí estaban, y le agradecieron el magnífico agasajo que ella les había hecho. La noble dama, que tenía un gran tino, les agradeció el honor que le habían hecho de venirla a visitar, lo cual era una muestra muy grande de aprecio. Los Condes y los Barones partieron. La Dama, que era muy cortés, hizo montar a caballo a sus dos hijos para que acompañaran al Conde una parte del camino. Los Condes de Hainaut y de la Marche estuvieron en Mons durante tres días y luego cada uno retornó a su tierra. El Conde de la Marche fue a Condé , en donde en ese entonces era Señor.

Cuando los dos jóvenes de Trazegnies, Jean y Gérard, regresaron al Castillo, pasaron un largo tiempo con su madre, la Dama Marie. Pero la naturaleza agita siempre los espíritus nobles y valerosos y los lleva a pensar continuamente la manera como pueden realizar proezas que les permitan alcanzar el máximo de su coraje. Los días de fiesta, y a veces también los días de semana, los dos jóvenes reunían a sus vecinos de edad similar y organizaban torneos y justas donde frecuentemente se tumbaban unos a otros de los caballos. Su madre, que era una mujer prudente, se apenaba mucho al ver los golpes que se daban en estos devaneos porque pensaba que en el futuro podría ser peor ya que parecían hechos para ser educados en las artes militares antes que en ningún otro oficio. Un día, los llamó y les dijo: "Mis muy queridos hijos, ya sabéis que hace mucho tiempo que vuestro padre partió para un viaje a ultramar. Dios quiera que su regreso se produzca en breve. Os he criado y educado hasta hoy lo mejor que he podido. Pero temo que el tipo de vida que habéis comenzado a hacer, perjudique vuestro futuro. Porque si comenzáis ahora a hacer tan grandes gastos cuando todavía estáis muy jóvenes, podría suceder que cuando lleguéis a la edad de proseguir la carrera de las armas como en su tiempo lo hizo Gillion, vuestro padre, os encontréis faltos de lo necesario. Y es por esto que os hablo a fin de daros un consejo que os ruego que lo tengáis en cuenta, a fin de preparar vuestro futuro". Entonces Jean, el mayor, comenzó a hablar de la siguiente manera: "Señora, por lo que os escucho y por lo que veo, vos no hacéis sino amasar vuestra fortuna y llenar de plata vuestros cofres; y yo y Gérard, mi hermano, no hacemos sino gastar y darnos la buena vida. Pero si ahora que somos jóvenes no nos damos una buena vida, nunca podremos hacerlo. Cuando seamos viejos, nos limitaremos a amasar nuestro dinero como vos lo hacéis ahora. Por tanto, conviene a la juventud el jugar, reír y tomar las cosas tal como se presentan". Si Jean tomaba la iniciativa en el hablar, Gérard lo seguía en el obrar; porque tenía un carácter tan voluntarioso y era tan valiente, que para él nada le era imposible. La noble dama, habiendo oído a sus hijos y comprendido sus valores, quedó en el fondo contenta y se calló porque el comportamiento de ellos era siempre honorable.

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Sucedió que un día en mayo, Jean de Trazegnies llamó a su hermano Gérard y le dijo: "Hermano, por lo que he oído decir, somos de alta extracción y de buena sangre. El padre que nos engendró fue valiente y hábil con las armas y nuestra madre es una mujer de muy noble sangre y linaje. Por todo ello, estaría mal que hiciéramos algo que no fuera sino de alabanza. Pero como no podemos permanecer sin hacer nada, he pensado en algo para distraernos que no dé lugar a quejas de nuestra dama y madre porque no implica mayor gasto y que incluso la entretendrá. De lo que se trata es de organizar unas justas sobre toneles. Ofreceremos un premio para el mejor y organizaremos a los niños de dos grupos: unos que pelearán detrás mío gritando "¡Trazegnies!" y otros que pelearán detrás vuestro gritando "¡Herlaiemont!". Cuando Gérard escuchó lo que le proponía su hermano mayor, muy cortésmente le respondió, diciéndole "Hermano, sabed que como tengo un buen caballo valiente y peleador, no participaré en justas sobre toneles con el único objeto de hacer reír a quienes nos podrían ver mejor derribando contrincantes a caballo. Por el contrario, sabed que de ahora en adelante no participaré en justa ni en torneo, cerca ni lejos, sino es a caballo; y no tendré ninguna consideración pequeña ni grande a aquel a quien le presente mi lanza de manera que a mis contrincantes los haré caer por tierra o ellos me harán caer a mí. Por eso, hermano mío, no estoy dispuesto a participar en ningún otro tipo de competencia o de torneo, porque lo que quiero es ganar fama como hombre de armas". "Hermano mío," le dijo Jean, "podéis hacer lo que más os plazca. Pero siempre he oído decir que para ser herrero hay que entrenarse en la fragua. Y como el ejercicio hace al hombre, ¿cómo sería posible que una persona pueda saber un oficio si no lo aprende poco a poco?. Por eso voy a organizar estas justas que se realizarán aquí en esta pradera; y vos participaréis si lo tenéis a bien". "Hermano mío," le respondió Gérard, "yo no participaré, pero os ayudaré". "Hermano, le dijo Jean, ya que así lo queréis, ello me place".

Entonces Jean hizo publicar la proclama de la justa en todos los pueblos vecinos de Trazegnies, anunciando que ésta se llevaría a cabo sobre el prado situado delante del Castillo y que se otorgaría un broche de oro al mejor participante. Cuando llegó el día, vinieron un gran número de jóvenes gentilhombres. De la ciudad de Ruees vino un joven escudero ; otro vino de Bossut. También vinieron los hijos de Morlabbez y de Morant de Carnnéres. En total fueron doce jóvenes escuderos quienes vinieron a Trazegnies por el aprecio que tenían a los invitantes; y la noble Dama los recibió con mucho júbilo.

Almorzaron todos juntos y luego fueron a divertirse en el prado y en los jardines del Castillo. Después se alistaron los que debían participar en las justas y concurrieron al lugar donde ya se encontraba Jean de Trazegnies trepado sobre un tonel. Richier, un escudero de Bossut, solicitó ser el primer contrincante; lo que Jean de Trazegnies concedió. Las cuerdas fueron amarradas y puestas en línea con las zapatas sobre los cuales estaban los toneles . Comenzaron a acercarse uno a otro, ante una gran multitud que en parte gritaba "¡Trazegnies!" y en parte gritaba "¡Bossut!". El encuentro fué tan fuerte que ambos rompieron sus lanzas. Cogieron nuevas y volvieron a la segunda carga: Jean de Trazegnies le dió a Richier un golpe tan fuerte en la cimera que le arrancó el yelmo, quedando éste con la cabeza descubierta; lo que fué motivo de tanta risa que no se hubiera oído ni al Dios tonante. Richier se colocó nuevamente su yelmo y se produjo la tercera carga. Jean, que era muy fuerte, le dió a Richier tal golpe en la mitad del escudo que, lo quisiera Richier o no, fué derribado del tonel. Después de que se había cumplido con las tres cargas, le tocó el turno a Morant de Carnnéres. Este pidió también competir con Jean de Trazegnies, quien aceptó. Y vinieron uno contra el otro con tal fuerza que Jean de Trazegnies tambaleó sobre el tonel y finalmente cayó en tierra parado. En la segunda carga los dos cayeron a tierra, lo que produjo grandes risas entre los asistentes. En la tercera carga, Morant le dió un golpe a Jean en la mitad del escudo de tal manera que lo tumbó por tierra; y la gente se puso a gritar que Carnnéres era el mejor. Entonces Jean, viéndose cubierto de barro, llamó a su hermano Gérard y le preguntó si no quería participar. Gérard le respondió en alta voz que nunca en su vida participaría en un torneo si no era sobre un destrero y contra los mejores caballeros que pudieran oponerle.

A partir de ese momento, intervinieron todos los que querían ensayar. Unos fueron tumbados, otros no. Cuando las justas hubieron terminado, los participantes se dedicaron a practicar diversos ejercicios, tales como correr como si persiguieran una presa de cacería, lanzar la piedra y la barra y otros parecidos, como lo acostumbran los nobles. Después todos, puestos de acuerdo, se abrazaron muy afectuosamente. Luego llevaron el premio a Morant de Carnnéres, quien lo recibió muy contento. Así pasaron la noche entre fiestas y alegrías, hasta que el día siguiente cada uno regresó a su Castillo. Los jóvenes de Trazegnies permanecieron en el suyo con su madre, que mucho los quería. Ella se distraía y se complacía con sus hijos; pero cuando se acordaba de su buen Señor no podía contener el llanto y se ponía a rezar a Nuestro Señor rogándole que le permitiera verlo de nuevo.

A la dama y a sus hijos los dejaremos estar y hablaremos de Amaury, quien por entonces navegaba en altamar.

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