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Prisión en Trípoli
Capítulo 32-A

De cómo Jean y Gerard de Trazegnies participaron en el torneo de Condé sobre el Escaut, donde ganaron el premio y el honor

Acompañamiento musical

Torneo en Condé.jpg

Bastante habéis oído hablar en esta historia de la forma como la Dama Marie de Trazegnies crió a sus dos hijos, es decir, a Jean y Gérard, hermanos entre sí e hijos de Gillion de Trazegnies, a quienes al momento de su partida, había dejado en el vientre de su madre, la Dama Marie. Como habéis oído, la noble dama, su madre, los había criado y educado y ahora estaban tan grandes que se encontraban listos a tomar las armas y no se les escapaba justa, torneo ni asamblea de príncipes donde no estuvieran presentes.

En aquel tiempo, el Conde de la Marche tomó como mujer a la hija del Duque de Brabante y las nupcias se celebraron en Condé sobre el Escaut. Con este motivo, el Conde hizo saber por todas partes que en la pradera que se encontraba delante de la ciudad se llevaría a cabo un torneo. Tanto fue anunciado que mucha gente vino a participar. El anuncio del torneo y la importancia del mismo se difundieron tanto que no hubo noble en todo Hainaut ni Brabante ni Picardía que no viniera para mostrar su habilidad. Los dos jóvenes de Trazegnies se enteraron de esta noble asamblea y hablaron sobre la posibilidad de asistir. Jean, el mayor, llamó a su hermano Gérard y le dijo: "Hermano mío, tengo un gran deseo de que vos y yo vayamos hasta Condé sobre el Escaut para participar en la reunión que ahí tendrá lugar; deseo verdaderamente que podamos hacer ahí algo que nos dé gran fama". "Hermano," le dijo Gérard, "me sorprende mucho lo que decís. Sabéis muy bien que no tenemos oro ni plata para poder ir. Más vale que nos quedemos aquí a que vayamos como pordioseros. Pero también vos sabéis que nuestra madre tiene mucho oro y plata y que día y noche no hace sino amasar su fortuna y guardarla en cofres. ¡Si solamente pudiéramos ir al torneo equipados y vestidos como corresponde desafiaríamos a los más grandes y a los más fuertes que pudiéramos encontrar!. Se dice habitualmente que aquél que con modestia solicita, siempre encuentra a alguien que quiera ayudarlo. Y si lo logramos, tomaremos nuestras armas e iremos a Condé". "Hermano," le dijo Jean, "vuestro deseo es el mío". Fueron juntos donde su madre y poniéndose de rodillas le rogaron humildemente que quisiera ayudarlos y prestarles oro y plata para hacer frente a sus gastos y tener así lo que les fuera necesario. La noble dama, viendo a sus dos hijos humillarse ante ella, comenzó a lagrimear acordándose del padre de ellos a quien tanto se parecían. Llegado ese punto, no podía rehusarles nada; pero aprovechó la ocasión para darles un sermón con bellas enseñanzas. Después hizo que les entregaran armaduras y caballos, oro y plata y gente que pudiera servirlos. Luego, los besó llorando y los encomendó a Dios.

Cuando todo estuvo listo, se despidieron de su madre y partieron. Tanto cabalgaron que en una tarde llegaron a Condé, donde se alojaron muy a su gusto en la casa de una persona importante. A la mañana siguiente, se vistieron y se arreglaron. Llegaron al monasterio precisamente a la hora en que el Conde de la Marche debía contraer matrimonio y estuvieron muy contentos de haber llegado a la hora exacta porque si no hubieran estado temprano en la iglesia no habrían visto pasar a la novia llevada de ambas manos al altar, de un lado por el Conde de Hainaut y del otro lado por el Conde de Namur. Era algo bello de ver. Después del matrimonio, cuando el servicio divino había terminado, fueron todos al castillo donde estaba servida la comida. La cantidad de platos y de entremeses que ese día se ofrecieron fue tal que no voy a decíroslo en detalle porque tardaría demasiado.

Después de la comida, la novia y las damas fueron a la pradera donde se encontraba instalado el estrado, decorado y cubierto de ricas tapicerías, al cual subieron. Entonces los señores, viendo a las damas en el estrado, fueron a alistarse. Después los heraldos comenzaron a gritar sus proclamas que anunciaban el inicio del torneo e invitaban a todos los caballeros a acercarse para cumplir con su deber. Después de hecho el anuncio, el Duque de Brabante con el Conde de Hainaut y luego el Conde de Saint Pol con el Conde de Namur, los cuatro juntos vinieron a colocarse debajo del estrado para esperar a los participantes. Por su parte, un gran número de barones y caballeros vinieron a mostrarse, todos armados y vestidos muy ricamente. El Señor d'Anthoing fue el primero, después el Señor d'Anrech, el Señor d'Enghien, el Señor de la Hameide, el Señor de Ligne, el señor de Floyon, el Señor de Jeumont, el Señor de Bossut y muchos otros nobles escuderos del país de Hainaut. Los herederos de Trazegnies no se quedaron atrás porque querían hacer todo lo posible para que fueran conocidos. Cumplieron con el paseo, pasando delante del estrado con una presentación magnífica; al punto que fueron muy alabados por las damas, quienes se decían entre ellas que su bello aspecto era digno de alabanza y rogaban a Dios que les diera buena fortuna en este torneo.

Así como oís, pasaron delante del estrado todos los que debían participar en la justa. Entonces, los heraldos comenzaron a gritar que todos bajaran sus yelmos y que ahora se vería quienes merecerían aprecio en razón de las proezas o habilidad que demostraran: "Aquí se verá al que es digno de ser amado, aquí se verá al que adquirirá caballos y armas como premio". Entonces los menestreles comenzaron a tocar las trompetas y los heraldos a gritar que cada uno cumpliera con su deber como estaba ordenado. Los cuatro grandes Señores antes nombrados se hicieron a un lado para esperar a quienes quisieran combatir contra ellos. El Conde de Hainaut levanta la mano haciéndole una señal al Señor de Havrec para indicarle que quería combatir contra él. Ambos bajaron las lanzas y picando a los destreros con sus espuelas se acometieron sobre los escudos con tal fuerza que sus lanzas se rompieron, volando en pedazos. Algunos de los heraldos gritaban "¡Hainaut!" y otros heraldos gritaban "¡Havrec!". Después participaron el Conde de Saint Pol y el Señor d'Anthoing, el Conde de Namur y el Señor de Ligne. Por su parte, vino el Conde de la Marche al encuentro del Señor d'Enghien, quienes chocaron tan ferozmente que ambos rompieron sus lanzas. Pero el Señor d'Enghien le dio al Conde de la Marche un golpe tan grande debajo del escudo que por poco lo derriba. Cuando la recién casada que estaba en el estrado vio a su esposo que se inclinaba sobre el caballo tuvo tanto miedo que pegó un grito muy fuerte y todos los señores y damas se echaron a reír. Entre ellos se decían: "Esta recién casada tenía una buena razón para dar tal grito por su marido, porque si éste hubiera quedado herido, en la noche no habrían podido tener su torneo privado juntos".

Era hermoso ver la fiesta. Todos se esforzaban por hacerlo lo mejor que podían a fin de ganar más alabanzas y premios. Muchos caballeros y escuderos pusieron a prueba sus habilidades. Los herederos de Trazegnies tomaron igualmente parte. Gérard, el más joven, se juró a sí mismo que prefería morir en el torneo si no ganaba las mayores alabanzas y los mejores premios. Miró al Conde de Namur y le hizo una señal, indicándole que contra él quería combatir. El Conde lo advirtió enseguida y se preparó para el encuentro. Ambos bajaron sus lanzas y vinieron el uno contra el otro: se golpearon ferozmente sobre los escudos y la lanza del Conde se rompió en pedazos; pero Gérard, que llevaba una lanza muy gruesa, le dio un golpe tan fuerte al Conde en medio de su escudo que, lo quisiera o no, el Conde cayó por tierra. Gérard tomó el destreero y se lo entregó a uno de sus escuderos quien lo llevó directamente al lugar donde Gérard había clavado su estandarte. Entonces los heraldos comenzaron a gritar por todas partes "¡Trazegnies!"; y se paseaban delante de los estrados diciendo en alta voz: "Damas y señoritas, mirad al joven enamorado a quien no hay que dejar en el olvido". Por su parte, el Conde de Namur estaba furioso de haber sido derribado en esta forma por un niño y de haber perdido así su caballo. Rápidamente le trajeron un nuevo caballo, sobre el cual montó a toda prisa. Después tomó una gruesa lanza y le hizo una señal a Gérard de que quería volver a combatir contra él. Gérard, que no pedía otra cosa, bajó la lanza y le dio al Conde tal golpe sobre el yelmo que, a pesar del cordón trenzado que lo sostenía, salió despedido de la cabeza y el Conde quedó delante del estrado con la cabeza descubierta; nada le hubiera podido doler más. Ya entonces la bulla y los gritos de los heraldos era enorme. Unos gritaban "¡Trazegnies!". Otros anunciaban al nuevo enamorado que ese día estaba conquistando el honor y los premios.

El ambiente del torneo se enardeció. Varios caballeros y escuderos estaban muy molestos por el hecho de que Gérard se llevaba las alabanzas de la gente. El Señor de Jeumont, que era muy orgulloso, vino a combatir contra Gérard, sobre quien rompió su lanza. Pero Gérard lo golpeó en el escudo con tal fuerza que el Señor de Jeumont cayó por tierra. Después, Gérard cogió al destrero por la brida y lo envió con uno de sus escuderos al lugar donde había clavado su estandarte; lo que le dolió mucho al Señor de Jeumont. Los heraldos gritaban nuevamente por todas partes "¡Trazegnies!". Jean estaba muy contento de ver las maravillas que hacía su hermano. El también se hizo colocar el yelmo y tomó una lanza muy gruesa. Se vino a desafiar al Conde de Saint Pol a quien le dio tal golpe que lo hizo correrse de la montura y quedar sentado sobre la grupa del destrero. Dieron media vuelta y se volvieron para el segundo encuentro. El Conde falló en su golpe, pero Jean lo alcanzó en medio de su escudo tan rudamente que lo hizo saltar del destrero y caer en medio de la pradera. Jean cogió el destrero por las riendas y lo envió a donde había clavado su estandarte. El Conde de Saint Pol viéndose derribado por un escudero tan joven tuvo tal disgusto que no quiso seguir participando en el torneo y se regresó a su alojamiento en la ciudad.

El torneo duró varias horas. Los herederos de Trazegnies se esforzaron ese día de tal manera que todas las personas reunidas estaban de acuerdo en que las mayores alabanzas, el honor y la fama correspondían a ellos por sus hechos de armas y sus grandes proezas. El Conde de Hainaut, viendo a los jóvenes de Trazegnies esforzarse así, quedó muy contento y se dijo que en ellos la naturaleza se muestra sin poder ocultarse y que pronto se parecerían mucho a su padre quien fue siempre un gran caballero, así como toda el linaje del cual descendían. A través de estos jóvenes se veía que su linaje no había perdido vigor, como lo demostraban con sus obras. El Dios del Paraíso quiera acoger el alma de su padre. Entonces el Conde levantó la mano y le hizo señal a Jean de que quería combatir contra él. Pero Jean que inmediatamente lo reconoció, se quitó el yelmo y se acercó al Conde para decirle: "Sire, Dios no quiera que cometa yo tal ultraje de dirigir mi lanza contra vos. Yo soy vuestro súbdito y, por consiguiente, os debo fe y lealtad, así como lo hizo mi padre. Ni por todo el oro del mundo combatiría contra vos, debido al peligro que pudiera sobrevenir. Porque si por casualidad os hiero o hago algo que os cause disgusto, nunca más durante el resto de mi vida tendré alegría en mi corazón". El Conde, habiendo oído al joven, con simpatía le dijo: "Caballerito, la naturaleza os ha sido favorable y muestra claramente vuestro origen". Entonces el Conde de la Marche gritó a Jean que quería ir a su encuentro. Jean que lo había oído muy bien debido al gran alboroto que hizo, se volvió a colocar el yelmo, bajo la lanza y se dirigió hacia el Conde de la Marche. Los dos caballeros se acercaron excitando a sus caballos con las espuelas al punto que los destreros corrían a la mayor velocidad que les era posible. El Conde de la Marche asestó a Jean un golpe en medio del escudo tan fuerte que la lanza voló en pedazos. Pero Jean que había puesto toda su fuerza y toda su mente en el golpe que quería darle al Conde la Marche, lo embistió en forma tan desmesurada que éste cayó derribado. Jean tomó al destrero por las riendas y ordenó que lo llevaran cerca de su estandarte. Entonces los heraldos comenzaron a gritar: "¡Flor de caballería! Las mejores proezas y la fama corresponden hoy día a los herederos de Trazegnies". La recién casada, viendo que su marido caía a tierra, preguntó a su heraldo si su esposo estaba herido o aturdido o si tenía algún dolor. El heraldo le respondió que nada.

Un gran número de hombres y de destreros intervinieron en el torneo; y muchos fueron derribados. Pero las actuaciones de los jóvenes de Trazegnies son las que daban más que hablar. Todos decían que se parecían mucho a su padre. Los heraldos se paseaban por la pradera gritando: "¡Hainaut!", "¡Saint Pol!", "¡La Marche!", "¡Anthoing!", "¡Ligne!", "¡La Hameide!", "¡Enghien!", "¡Havrec!", "¡Jeumont!", "¡Bossut!", "¡Floyon!" y "¡Andregnyes!". Pero, por encima de todo ese ruido, se escuchaba el nombre de "¡Trazegnies!" y razón había para ello: Gérard ganó siete destreros y Jean, su hermano, ganó cinco. Gérard, que tenía un gran deseo de hacer cualquier cosa que pudiera darle mucha fama, dijo a los heraldos que atrevidamente gritaran sobre todo "¡Trazegnies!" y que serían bien pagados por eso.

Sin embargo, ahí había un gran grupo de caballeros y de escuderos que estaban muy molestos por lo que veían y envidiosos de que fueran los jóvenes de Trazegnies quienes provocaban tanto ruido. Jean, que oyó sus quejas, le dijo a Gérard: "Hermano, hay en este torneo un gran número de personas que les gustaría mucho vernos retroceder y perder la fama que acabamos de ganar". "Hermano", le respondió Gérard, "Dios no quiera que partamos de aquí sino hasta que se haya ido el último de los contendientes. Vos y yo seremos los últimos en dejar el campo, si os parece bien". "Hermano", le dijo Jean, "es tarde, la hora de vísperas se aproxima. Por otra parte, advierto que a un gran número de personas les molesta que nos quedemos aquí y todo lo que quisieran es vernos derribados por tierra. Por eso yo aconsejaría que mientras dura nuestra buena suerte, nos vayamos". "Hermano", le dijo Gérard, "prometo a Dios que de este lugar no me iré mientras quede todavía alguien a quien desafiar, sea caballero, escudero u hombre de autoridad". Entonces, espoleó a su destrero y le dió al Señor d'Enghien un golpe tan poderoso con su lanza que lo hizo caer del caballo. Después Jean tumbó al Señor de Jeumont. Esto reanimó nuevamente el torneo: heridos los orgullos, cada participante quería derribar a los demás. Las damas que se encontraban en el estrado estaban unas contentas y otras preocupadas por sus maridos, hermanos y amigos que participaban en la justa. Alguna vio a su marido con deseos de que fuera muerto en el sitio a fin de renovarlo. Porque se dice comúnmente que comer siempre de un mismo pan, aburre.

Si quisiera contarles todos los combates y hechos de armas que ese día tuvieron lugar en la pradera de Condé sobre el Escaut, aburriría a los oyentes. Basta decir que las alabanzas, los premios y la fama fueron para los dos jóvenes de Trazegnies, debido a sus proezas. La noche obligó a todo el mundo a dejar la pradera. Todos regresaron a la ciudad y los heraldos acompañaron a los jóvenes gritando "¡Trazegnies!" hasta que éstos estuvieron dentro de su alojamiento. Jean y Gérard estaban muy contentos. Ya en la posada, les retiraron sus armaduras y ellos fueron a la Corte donde se encontraban reunidos todos los barones y caballeros. Las mesas fueron puestas y la recién casada entró llevada de la mano por ambos Condes, uno de cada lado. La acompañaron a sentarse a la mesa, donde fueron muy ricamente servidos. Los dos jóvenes de Trazegnies sirvieron esa noche la comida del Conde de Hainaut. Todas las miradas de los barones, de los caballeros, de las damas y de las señoritas eran para ellos, y se hacían comentarios sobre lo jóvenes que eran aún. Todos los felicitaron y los alabaron, recordando las grandes proezas y la fama de su padre y señalando que ellos se parecían mucho a él. Ellos lamentaban mucho la ausencia en ese día de Gillion, su buen padre, por el cual rogaron a Dios y le encomendaron su alma.

Así como oís, las conversaciones se referían a los jóvenes de Trazegnies y a su padre, entre otras muchas cosas. El Conde de Hainaut, que estaba sentado al lado de la recién casada, le digo: "Prima mía, bien debéis agradecer a Dios por cuanto, por el aprecio que se os tiene, hoy día se han reunido tantos nobles barones y caballeros". "Sire", le dijo la dama muy humildemente, "a todos agradezco y a vos también". En tanto los herederos de Trazegnies estaban delante del Conde para servirlo, éste observó a Jean que, en su opinión, era más mesurado que Gérard, su hermano. "Señor mi Dios", se dijo el Conde, "vuestros grandes hechos no dejan de maravillar a los hombres. Veo ante mí a dos hermanos, nacidos de un mismo padre y de una misma madre paridos al mismo tiempo; y cada uno tiene su propia manera de ser conforme a un orden que la naturaleza ha perfectamente establecido, porque si el uno es muy hábil en hablar y en maneras, el otro es impaciente, cálido y hierve en deseo de hacer lo que su voluntad quiere". Así se decía el Conde.

La cena duró mucho tiempo. Después, llegada la hora, se retiraron las mesas, los comensales se levantaron y comenzaron las conversaciones por la sala. Los que habían participado en las justas, teniéndose de las manos, se hicieron aparte, listos para recibir los premios que serían otorgados a aquellos que más los hubieran merecido. Dos nobles doncellas de alto linaje lo llevaban: una el azor sobre el puño y la otra el halcón de dos mudas. Con los menestreles delante de ellas, dieron dos vueltas a la sala mostrando los premios a los participantes en el torneo. Después a la tercera vuelta, una de las doncellas que llevaba el azor sobre el puño, puso una rodilla en tierra delante de Gérard y le dijo: "Noble escudero, por vuestras grandes y valientes proezas habéis hoy día conquistado el premio: las damas y caballeros juzgan que el honor es vuestro". Gérard estaba muy contento del honor que le hacían y agradeció a las damas y señoritas, tomó el azor y dio un beso a aquella doncella que se lo había entregado. La segunda doncella, que llevaba el halcón sobre el puño, se acercó al Conde de Namur y se lo ofreció; por lo cual el Conde tuvo una gran alegría.

Entonces comenzó el júbilo y la fiesta por todas partes y ésta duró tres días. Al cuarto día, cada uno regresó al lugar de donde había venido.

Halcón y caballo.jpg