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Prisión en Trípoli
Capítulo 32-B

De cómo Jean y Gerard de Trazegnies participaron en el torneo de Condé sobre el Escaut, donde ganaron el premio y el honor (continuación)

Sigue en "La liberación"

Acompañamiento musical

Azor (Accipiter nisus)

azor.jpg

Después de que se hubieron despedido del Conde y de la mujer, así como de la recién casada, los dos jóvenes de Trazegnies regresaron muy alegres a su Castillo en Trazegnies donde encontraron a su madre que los recibió con gran júbilo. Gérard se acercó a su madre con el azor sobre el punto, la saludó muy humildemente y le entregó el azor en custodia. La noble dama lo recibió muy cortésmente de su hijo, pero las lágrimas le caían por el rostro al tomarlo. Jean, el hijo mayor, viendo a la dama, su madre, que lloraba le dijo: "Oh, mi dama, estoy sorprendido de veros llorar. Porque no deberíais tener sino alegría en razón del honor que hemos ganado en la fiesta y del premio que os hemos traído". "Mis muy queridos hijos", dijo la noble dama, "las lágrimas y los gemidos que veis no son por causa de vuestra venida ni de vuestra fortuna; pero cuando os he visto traer el azor he recordado inmediatamente a vuestro padre, Gillion". Los hermanos intentaron distraer a su madre hablando de muchas otras cosas. La cena estaba lista y se sentaron a la mesa donde con mucha alegría le contaron los incidentes del torneo. La dama los escuchaba con gran placer. Luego de haber terminado de cenar y de haber hecho un poco de conversación, se fueron a acostar ya que las camas estaban listas.

Jean tuvo una visión en la que él se encontraba en algún lugar más allá de los mares y veía a su padre, Gillion, encerrado en una jaula de hierro colocada en el fondo de una profunda fosa; después vio que alrededor de la jaula volaba una tórtola con la que Gillion, su padre, jugaba amorosamente. Se despertó inmediatamente, sorprendido de su propio sueño; y no acertaba a saber la significación que podía tener. Entonces, despertó a su hermano Girardin a quien le contó todo su sueño. Después de haber reflexionado un poco en común, Jean le dijo a Gérard: "Hermano, me parece que nosotros deberíamos ir juntos, sin tardar más, a buscar a nuestro padre; y no regresar hasta que podamos obtener noticias verdaderas y ciertas sobre lo que le ha sucedido. Ya somos suficientemente grandes para llevar armas y para buscar aventuras, así como antes lo hizo nuestro padre; porque quedándonos en nuestro lugar, poco honor podemos conquistar". Esa noche, los dos se prometieron uno al otro no detenerse jamás hasta que tuvieran verdaderas noticias de su padre.

Cuando amaneció, se levantaron y fueron a oír Misa. Después de oída la Misa, vinieron a ver a su madre, a quien le hicieron saber sus deseos y lo que habían decidido. La dama, habiendo oído que sus dos hijos querían ir a buscar a su padre, llorando les dijo: "¡Oh, mis muy queridos hijos! ¿Cómo podéis tener los corazones tan duros para abandonarme así y dejarme sola, a mí que os he criado?. En adelante, ¿quién será aquel o aquella que pueda consolarme en mi dolor?. Por Dios, hijos, pensad primero en todo esto antes de llevar adelante ese proyecto. Porque siempre he oído decir que aquel o aquellos que emprenden largos viajes son tenidos por locos si es que antes no prevén lo que les pueda suceder". "Madre", le dijo Jean, "por Dios no os abandonéis a vuestra pena. Si lo quiere Nuestro Señor, atravesaremos el mar e iremos a averiguar por nuestro padre; quizá lo encontremos en algún lugar en guerra. Llevaremos nuestras armas y blasones para que él nos pueda conocer y nosotros a él". La dama, viendo que ya nada podía hacer para quitar de la mente de los jóvenes la idea del viaje, tuvo tanta pena en el corazón que cayó desmayada delante de ellos; después, cuando volvió en sí, dio un grito muy grande y dijo: "¡Oh, mi verdadero Dios! ¿A qué hora me tocó nacer para que tenga que sufrir tanto?. Ya he perdido al padre y ahora voy a perder a los hijos". Jean y Gérard la consolaron lo más pronto posible; porque sin ellos, ella no sabría vivir. "Madre", le dijo Jean, "no dudéis de nosotros porque con la intervención de la Gracia de Nuestro Señor, haremos tanto de nuestra parte que en breve tendréis noticias nuestras y de nuestro padre". "Mis muy queridos hijos", dijo la dama, "Dios os oiga". Entonces, la buena dama fue a sus cofres y les entregó a sus dos hijos oro y plata en grandes cantidades para sus gastos.

Los jóvenes se alistaron y luego se despidieron de su madre, quien los besó llorando. Al momento de partir, la noble dama llamó a Jean, su hijo mayor, y sacándose un anillo de su dedo, le dijo: "Hijo mío, os doy este anillo que vuestro padre me regaló antes de partir. Os ruego que lo guardéis muy bien". Tanto la madre como los hijos tenían el corazón tan encogido, que no pudieron pronunciar una sola palabra. Llevaron consigo a dos jóvenes escuderos para que los sirvieran y se ocuparan de sus caballos. Entonces se separaron de su madre; y pasarían siete años antes de que regresaran donde ella, mientras que la noble dama los extrañaba a menudo.

Cabalgaron por Alemania, luego entraron a Lombardía, la que atravesaron en poco tiempo, y llegaron a Roma. Después de haber pasado ahí dos días, volvieron a tomar sus armas y sus caballos. Cabalgaron mucho sin encontrar aventura que merezca ser mencionada y así llegaron al Puerto de Nápoles, donde encontraron un navío de mercaderes que iba directamente a Siria. Negociaron con el patrón de la embarcación y se pusieron de acuerdo sobre el costo del pasaje. Colocaron en el barco todo lo que necesitaban y el patrón ordenó levar anclas. Levantaron las velas y un viento favorable los hizo alejarse rápidamente de tierra.

Voy a dejar de hablar de ellos por el momento y diremos algo sobre Gillion, su padre.