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Los reencuentros
Capítulo 47

De cómo los dos reyes se pusieron de acuerdo y vinieron a sitiar Babilonia y de la batalla que hubo

Acompañamiento musical

Sitio de Babilonia.jpg

Ya habéis oído por lo que antecede como los dos hermanos de Trazegnies volvieron a encontrarse y como fueron juntos con el Rey Fabur a Babilonia. Pronto fue advertida en Babilonia la llegada del nuevo ejército debido a los avisos que trajeron ciertos mensajeros que habían visto el avance del Rey Fabur y de los reyes a través de Egipto, asolando las tierras. El Sultán llamó a su consejo, donde se encontraban Gillion de Trazegnies, Hertán y la bella Graciana, su hija y a todos les hizo saber cómo sus enemigos habían entrado en su Imperio. Entonces, para darse prisa y acudir lo más rápidamente posible al encuentro de la aventura de sus enemigos, concluyeron en conjunto que debían enviar mensajeros a buscar a gente de armas y a gente a soldada, encomendándosele todo a Gillion. El Sultán se hizo escribir cartas y las envió por todo Egipto, por Persia, por Meda y por Siria. En poco tiempo, llegaron a Babilonia cinco reyes acompañados de doscientos cincuenta mil hombres. Pero en el tiempo que tardaron en llegar, ya los morianos, africanos, y barbarinos habían hecho una gran destrucción en Egipto, de lo cual Gillion de Trazegnies estaba muy dolido por no poderlos detener.

Por su parte, el Rey de Fez juró por su Dios Mahoma que con cien mil africanos valientes y hábiles haría una incursión delante de Babilonia. Alistó a su gente y llamó a sus corredores y les dijo a todos que para conseguir víveres para su campamento quería hacer una incursión sobre los babilonios. A lo cual uno de sus emires le dijo: "Sire, para una simple incursión no es necesario llevar tanta gente. Bastaría unos veinte mil hombres porque una cantidad tan grande como la que vos proponéis es imposible de ser llevada a la carrera". Pero el Rey de Fez, que era muy joven y que estaba deseoso de obtener loas y buen renombre, dijo que él mismo iría para conducir y llevar las tropas. De todo su ejército escogió veinte mil hombres entre los más expertos y valientes y se puso en camino hacia Babilonia, destruyendo y asolando a hierro y fuego y matando mujeres, hombre y niños, al punto que las lamentaciones y los gritos del pobre pueblo llegaron hasta el palacio de Babilonia donde se encontraba el Sultán y Gillion de Trazegnies. Cuando Gillion escuchó el clamor del pueblo, estuvo muy dolido. Ahí había uno que le dijo: "Ah, Sire, cosas muy duras podéis esperar porque los morianos destruyen el país de tal manera que si pronto no somos socorridos, no habrá oportunidad jamás de recobrarse; muy rápidamente los veréis delante de esta ciudad".

Entonces Gillion hizo que se pregonase por toda la ciudad que todos debían armarse y montar sobre sus destreros; lo que hicieron muy diligentemente. Cuando todos estuvieron listos, vinieron ante el palacio donde encontraron a Gillion montado sobre su destrero. Una vez reunidos, Gillion decidió que había llegado la hora de salir de la ciudad; lo acompañaban doce mil hombres de los más expertos. A ellos Gillion les dijo: "Señores, soy de opinión que vayamos por este valle por donde estaremos cubiertos a fin de que podamos colocar a nuestros enemigos entre la ciudad y nosotros. Porque os digo que, en verdad, algunas veces la sutileza vale más que la fuerza". Los babilonios le respondieron en conjunto que él decidiera como mejor le pareciera, ya que ellos estaban dispuestos a hacer lo que él ordenara. Entonces Gillion llamó a Hertán y le encargó llevar el estandarte, pidiéndole que se tuviera siempre cerca de él. Después comenzaron a cabalgar en silencio por el fondo del valle y pasaron tan cerca de sus enemigos que pudieron verlos cargados de rapiña y de presas de toda clase de bienes en sus caballos, mulas, carros y carretas. También vieron que detrás de las carretas llevaban amarrados y encadenados a hombres, mujeres y niños. Los invasores hacían tanto ruido que era una maravilla oírlos, porque creían haber ya ganado el país.

Cuando se vieron atacados por la carga de los hombres de Gillion, siempre gritando y haciendo bulla regresaron hacia sus tiendas para protegerlas. Gillion había ordenado su gente de manera de poder recibir al enemigo. El Rey de Fez hizo que todas las carretas y equipaje fueran colocadas delante de él. Luego miró el valle y divisó al batallón de Babilonia, creyendo que se trataba del Rey Fabur que venía a su encuentro, ya que él no lo conocía. Y por eso se puso a decir que el Rey Fabur debía tener gran miedo y que nadie debía preocuparse. Y que pronto todos tendrían mucho júbilo en el corazón cuando se vieran cargados de víveres y de toda clase de bienes y riquezas.

Así como oís, el Rey de Fez cabalgaba hacia los babilonios, creyendo que se trataba del Rey Fabur. Cuando Gillion vio que se encontraban ya bastante cerca y que era tiempo de correr sobre ellos, él y sus hombres bajaron las lanzas y gritando "¡Babilonia!" en alta voz se lanzaron a la carga. Los africanos quedaron muy confundidos y no sin razón. Gillion bajó la lanza y le asestó un golpe a un africano con tal ira y furia que el hierro y la empuñadura atravesaron hasta el otro lado del cuerpo. Después, para desanimar a sus enemigos comenzó a gritar "¡Babilonia!", mientras que Hertán del otro lado abatía a un poderoso emir, primo hermano del Rey de Fez, que murió entre las patas de los caballos porque no pudo levantarse después de que fue tumbado por Hertán. Era una maravilla ver como Gillion y Hertán rompían las líneas de los enemigos. No había africano tan valiente que se atreviera a esperarlos; por lo que muchos comenzaron a desanimarse. Entonces, el Rey de Fez, para levantarles los ánimos, comenzó a gritar: "¡Adelante, sarracenos libres, pensad en vengar vuestros cuerpos y vidas, defendeos! ¡Recordad a vuestras mujeres y niños que habéis dejado en vuestras tierras!".

La batalla recomenzó con mucha ferocidad. Los babilonios se aproximaron a las carretas y mataron a todos los que las guardaban. Unos huían de un lado, otro huían del otro. Pero no sabían ir a sitio alguno donde no encontraran a babilonios. Todo el ganado y los víveres, todo lo que había sido empaquetado y cargado en las carretas por mil hombres, fue llevado al interior de la ciudad de Babilonia. Gillion y Hertán estaban en la batalla donde se enfrentaban a tantos enemigos que tuvieron la peor parte de la jornada. Gillion de Trazegnies miró a su derecha y vio al Rey de Fez que acababa de matar a un babilonio, lo que le dio mucha pena. Cogió una gruesa lanza que vio que la tenía uno de sus hombres y la inclinó para ir al encuentro del Rey de Fez. Este, cuando vio llegar a Gillion, le vino también al encuentro como valiente caballero. Se golpearon mutuamente en los escudos con sus lanzas con golpes tan fuertes que éstas se rompieron en pedazos. Los golpes fueron tan fuertes y duros que ambos poderosos barones cayeron por tierra. Comenzó entonces un combate muy grande y feroz entre africanos y babilonios, ambos esforzándose para rescatar a su señor. Entonces apareció Hertán, con la espada en la mano, quien se metió entre los africanos. A uno le cortó un brazo, incluido el hombro, al otro lo abrió hasta los sesos. Tantas proezas hizo que lo quisieran o no los africanos, le entregó a Gillion un destrero sobre el cual este montó de inmediato. Después ambos cayeron sobre los africanos gritando "¡Babilonia!". Tantas proezas hicieron Gillion y Hertán que el Rey de Fez se rindió como prisionero en manos de Gillion; de lo cual los africanos quedaron muy dolidos y vieron bien que estaban perdidos y quizá muertos. Entonces Gilion tomó al Rey y lo llevó fuera de la batalla. Después lo hizo atar con cuerdas y llevar a Babilonia. Luego retornó a la batalla donde encontró a Hertán que estaba a pie, con su caballo muerto bajo él. Pero Gillion no logró acudir a tiempo y Hertán fue llevado por los africanos a sus tiendas; de lo cual Gillion tuvo tanta pena que poco le faltó para que se volviera loco. Con la gran ira que tenía, comenzó a tasajear africanos, de tal manera que todos estaban ensangrentados hasta las costillas. A todos los que encontraba por delante, sin esperar mucho los hacía morir con gran martirio. Pero todo ello no podía beneficiar a Hertán ni contribuía a verlo nuevamente. Entonces varios africanos huyeron a la carrera de la batalla y llegaron hasta el campamento donde comenzaron a gritar: "¡Oh, falsos morianos!. Si no vienen a socorrernos ahora, todos perecemos en manos de los babilonios. Venid a socorrer a nuestra gente que combate contra los babilonios, quienes han capturado al Rey de Fez y lo han llevado al interior de la ciudad". Entonces todo el campamento se estremeció y todos querían venir al encuentro de los babilonios. En realidad, ya era tarde porque de los veinte mil hombres que eran al comienzo, no escaparon ni dos mil; todo el resto fue capturado o muerto.

Gillion estaba en la batalla tan airado y de tan mal talante por el aprecio que tenía a Hertán quien había sido llevado a las tiendas de los invasores, que no tenía ninguna intención de retirarse sino que quería seguir combatiendo contra la nueva gente que venía a ayudar a los vencidos. Y hubiera terminado mal si un babilonio no le hubiese tomado el freno de la brida y le hubiera dicho: "Sire, tiempo es de retiraros; bien habéis necesidad. Si bien Hertán es prisionero, nada podéis hacer por el momento. Más bien, lo tendremos de nuevo a través de un canje con un prisionero de ellos". "Eso está por ver, dijo Gillion, pero si en vez de canjearlo deciden matarlo, jamás tendré alegría en mi corazón. Es el más valiente que hoy en día pueda ceñir espada". Pero Gillion se consoló pensando en el Rey de Fez a quien había hecho prisionero y por quien seguramente estarían dispuestos a canjear a Hertán. Hizo tocar a retirada y regresaron a Babilonia.

En ese momento llegaron los morianos, listos para combatir, creyendo que encontrarían a los babilonios. Cuando se encontraron en el campo de batalla, vieron la gran matanza de su gente que habían hecho nuevamente los babilonios. Extraordinarios fueron los gritos, las quejas y las lamentaciones que hacían al ver a su gente muerta.

Gillion entró en la ciudad de Babilonia y fue al palacio donde encontró al Sultán sentado sobre un lecho, a quien muy humildemente saludó y le dijo: "Sire, aquí os traigo al Rey de Fez, el cual os hago presente". El Sultán, con una amplia sonrisa, miró a Gillion y le dijo que era bien venido. Después Gillion le contó la manera como habían sucedido las cosas y la captura de Hertán que había sido llevado a las tiendas de sus enemigos, lo cual irritó mucho al Sultán. "Sire, le dijo Gillion, el Rey de Fez es vuestro prisionero. Si pudiera ser que a través de él tuviéramos nuevamente a Hertán, yo os aconsejaría que fuera devuelto". "Gillion, le dijo el Sultán, debido a vuestras grandes proezas habéis capturado y conquistado al Rey de Fez, a quien coloco en vuestras manos para que lo uséis según os parezca". Gillion le agradeció mucho y le dijo al Rey de Fez que si devolvían a Hertán, él lo dejaría ir en libertad, librándolo de su prisión. El Rey de Fez estuvo muy contento de escuchar a Gillion y le dijo que si querían dejarlo ir bajo su juramento y sobre su fe hasta sus tiendas, traería a Hertán a Babilonia sano y libre; y si la cosa era que ya lo habían matado, regresaría a la prisión donde harían de él lo que les pareciera. El Sultán le dijo: "Rey de Fez, la fama que siempre ha tenido vuestro padre y vos mismo es de hombría de bien, que siempre se ha advertido en vos. Este hecho debe bastar para que seáis creído y yo os creo; y así también lo hace Gillion, mi yerno, de quien sois prisionero". Entonces el Rey de Fez se hizo sangrar un dedo con los dientes para prestar juramento, prometiendo que jamás sería un juramento en falso. Después le trajeron vino, especies y carne de res. Luego le trajeron un destrero sobre el cual montó. Y, una vez que se hubo despedido del Sultán, se alejó hacia su campamento. Pero Gillion quedó muy dolido y con la duda y el gran temor de que el Rey de Fez no fuera fiel a su juramento ni a su promesa. Porque Gillion no tenía ninguna confianza en pagano ni en sarraceno, mientras que tenía gran miedo de perder a Hertán, su compañero; por lo cual no sabía qué pensar. Dolorida y molesta estaba Graciana, quien también lo extrañaba a menudo; porque debido al aprecio que Hertán tenía a Gillion y por los grandes servicios que le había hecho, deseaba mucho que fuera liberado y tenía gran temor de perderlo. De ellos dejaremos de hablar y contaremos algo sobre el Rey Fabur y los otros reyes, que estaban apenados y disgustados por la captura del Rey de Fez.

El Rey Fabur llamó a su consejo, en el que tomaron parte también los dos hijos de Gillion. Cuando los dos jóvenes entraron en la tienda del Rey Fabur, miraron a su alrededor y vieron a Hertán que estaba prisionero, amarrado a una estaca, a quien si hubieran conocido lo hubieran ayudado en lo que les hubiera sido posible. Hertán también los observó mucho porque eran tan apuestos que bien se veía por su aspecto que no eran morianos ni africanos. Allí estaba sentado el Rey de Túnez, primo hermano del Rey de Fez, quien comenzó a hablar en muy alta voz preguntando por qué y en base a qué razón se conservaba al prisionero babilonio y no se le hacía morir de inmediato. Varios de los que ahí estaban reunidos decían que tenía razón de pedir que se le hiciera morir. Entonces Jean de Trazegnies dijo al Rey Fabur que sería una mala idea matar al prisionero. Porque éste era un prisionero en batalla que había combatido por su patria y que había cumplido con su deber; por consiguiente, no se le debía hacer morir. "Sire, dijo Gérard, mi hermano os ha dicho una verdad y por mi parte creo que debería dársele de beber y de comer. Además, podría suceder que por él pudiéramos ver de nuevo al Rey de Fez, que está prisionero en la ciudad". "¡Por mi fé!," dijo el Rey Fabur, "estos dos jóvenes vasallos han dicho cosas ciertas y por eso quiero que la vida del prisionero sea respetada". Estas frases pusieron a Hertán muy contento. Después observó nuevamente a los dos jóvenes y se dijo a sí mismo en su corazón que ojalá los dos fueran a Babilonia con Gillion y que aceptaran de corazón creer en la ley de Jesucristo y abandonaran la falsa y detestable ley de Mahoma. Así como lo oís, se hablaba Hertán a sí mismo.

El Rey Fabur le hizo traer algo de beber y de comer. Mientras comía, llegó el Rey de Fez quien descendió de su destrero y entró en la tienda del Rey Fabur donde encontró a todos los príncipes del ejército reunidos; todos manifestaron gran alegría por su llegada. Cuando el Rey Fabur lo percibió, vino hacia él con la intención de abrazarlo. Pero el Rey de Fez le dijo que se echara atrás hasta que le otorgara lo que venía a pedirle y que en caso contrario, le dijo, sabed en verdad que no sólo os rechazaré por toda mi vida sino que os haré la guerra. "Sire", le dijo el Rey Fabur, "no os preocupéis ya que muy grande tendría que ser la cosa para que yo os la rechazara. Decid lo que queréis, ya que quiero otorgaros a todos ustedes lo que me solicitáis si es que está en mi mano hacerlo". "Sire, le dijo al Rey de Fez, quiero que inmediatamente el prisionero que veo sentado en vuestra tienda sea liberado y enviado a Babilonia, porque así lo he prometido al Sultán. En caso de que vos no queráis, he prometido por mi fe y he jurado que regresaría a la prisión, ya que es sólo por el aprecio que le tienen a este prisionero que he sido liberado". "Sire", le dijo el Rey Fabur, "de buen grado os otorgo el pedido que me habéis hecho. Ved ahí al prisionero, que os lo doy para que hagáis con él lo que os parezca".

Hertán, que los había escuchado, tuvo gran alegría y fue inmediatamente desatado, vestido y engalanado muy ricamente. Después le trajeron un destrero sobre el cual montó y, luego de haberse despedido, partió. El Rey de Fez y los dos hijos de Gillion lo acompañaron hasta que estuvo fuera de las tiendas y mas allá de los estandartes. Al momento de partir, Hertán les prometió por su fe que si los encontraba en batalla y ellos estuvieran en cualquier peligro para sus cuerpos o sus vidas, la cortesía y bondad que habían tenido para con él les valdría una doble recompensa; por lo que los dos jóvenes le agradecieron. Hertán se despidió de ellos y fue a Babilonia, donde descendió del caballo delante del palacio. Subió, las gradas y entró en la sala donde se encontraba el Sultán, quien le hizo grandes demostraciones de aprecio. Lo mismo hicieron Gillion y la bella Graciana, quienes ambos, uno después del otro, lo abrazaron y le hicieron tanta fiesta como nunca se había visto. Entonces Hertán les contó toda su aventura y cómo había oído jurar al Rey Fabur que jamás se alejaría de la ciudad hasta que la hubiera destruido y puesto en ruinas.

hueste en sitio de Babilonia.jpg

Así como oís conversaban con el Sultán. Después de haber hablado un rato, el Sultán y Gillion se apoyaron sobre una ventana y miraron hacia los desiertos donde el aire y el cielo se veía muy oscuro, lo que jamás habían visto antes. Poco después el Sultán le dijo a Gillion que se trataba de una polvareda y que, al haberse levantado tal cantidad de polvo, el aire se había oscurecido. Pronto vieron un muy grande y feroz ejército que venía hacia Babilonia, cabalgando muy fuertemente. El estandarte principal llevaba, sobre un campo de oro, una cabeza de jabalí y una espada de plata clavada hasta la mitad. Entonces el Sultán riéndose le dijo a Gillion que era el Rey Fauseron, su primo, que lo venía a ayudar; y agregó que en adelante ya no temía al Rey Fabur. Después divisaron otro ejército que venía cabalgando a continuación del primero y que llevaba un gran estandarte levantado en el que, sobre un campo de plata, habían dos serpientes . Entonces, el Sultán comentó que veía llegar al Rey de Meda. Casi inmediatamente después divisaron todavía otro ejército cuyo estandarte era partido de oro y plata. "¡Mahoma!, dijo el Sultán, veo llegar al buen Rey Sorbrin de Antioquia, que es mi primo hermano". Después observaron venir otro ejército muy grande y feroz, donde había más de cien mil hombres cabalgando muy ferozmente a través de los desiertos. Llevaban un estandarte muy grande y levantado muy en alto, que habían colocado sobre una carreta con cuatro ruedas. Sobre un campo de azur tenía tres cuervos volando. Cuando el Sultán lo distinguió, dijo: "Veo venir aquí al ejército del poderoso Rey de Persia, que también me viene a socorrer. Desdichado es quien no pone toda su confianza en Mahoma. Ahora bien puedo decir que no debo tomar en consideración al Rey Fabur ni a todo su poder".

Gran alegría tuvo el Sultán cuando se vio socorrido por todos sus parientes. Regresó a su palacio, acompañado por Gillion. Ahí convocó a su Consejo para preguntarle lo que debía hacer. "Sire, le dijo Gillion, si queréis aceptar mi consejo, yo enviaría inmediatamente y sin ninguna demora a vuestro mensajero donde el Rey Fabur con el objeto de decirle que pasados ocho días libraréis batalla contra él y que si es tan osado para atreverse a esperaros, lo iréis a asaltar a su campamento". Cuando el Sultán y los varones hubieron escuchado a Gillion, respondieron que su consejo era bueno y lo alabaron mucho. Hicieron venir a un mensajero a quien el Sultán ordenó que fuera a ver al Rey Fabur y le dijera de su parte que pasados ocho días podía estar seguro de tener batalla si se atrevía a permanecer todo ese tiempo y que lo iría a visitar en su campamento y lo echaría fuera del país de Egipto. Mientras tanto, le otorgaba una tregua de ocho días. El Sultán otorgaba esta tregua con el objeto de que los recién venidos pudieran descansar y refrescarse a su gusto.

Apenas el mensajero hubo oído la orden del Sultán, partió y llegó al campamento del Rey Fabur. Entró en la tienda de éste, a quien le contó en toda su amplitud lo que el Sultán le había encargado decir. Entonces el Rey Fabur, habiendo oído la exposición del mensajero que le había sido enviado por el Sultán, reunió en asamblea a su Consejo y les dijo lo que el Sultán le había transmitido. Todos estuvieron de acuerdo en aceptar la tregua y aprestarse para que el noveno día el Sultán los encontrara listos para el combate, comprometiéndose a que durante la tregua de ocho días no harían nada que pudiera romperla.

Así como lo oís, el Rey Fabur y su Consejo dieron la respuesta al mensajero del Sultán, quien se despidió y regresó donde éste.

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