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Los reencuentros
Capítulo 48

Aquí se habla de la gran batalla que hubo delante de Babilonia donde los hijos de Gillion fueron capturados por Hertán y de las maravillas que ellos hicieron

Acompañamiento musical

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Luego que el mensajero hubo partido de las tiendas del Rey Fabur, llegó un espía, que le dijo: "Sire, mal consejo habéis recibido de aceptar la tregua de ocho días, porque vuestro pueblo se enfriará durante este lapso". Y agregó: "Sabed en verdad, Sire, que en socorro del Sultán han llegado el poderoso Rey de Persia, el Rey de Meda y el Rey de Antioquia, sus parientes próximos. Ellos han traído tanta gente consigo que todas las tierras de la llanura y de la ciudad están cubiertas de hombres de armas y produce gran horror el solo hecho de verlos. Hay ahí más de ciento cincuenta mil hombres con el espíritu pronto y preparados para entrar en combate contra vos". Cuando el Rey Fabur escuchó al espía, tuvo gran congoja e ira y se puso a maldecir el día y la hora en que la tregua había sido acordada. Pero el Rey de Fez le dijo que era una locura arrepentirse ahora y que Mahoma los ayudaría y les daría apoyo para resolver sus problemas. Cuando Gérard y Jean de Trazegnies escucharon las conversaciones sostenidas entre el Rey Fabur y el espía que les contaba las noticias, muy quedamente se dijeron uno al otro que bien podría suceder que en estas grandes reuniones de sarracenos oyeran quizá nuevas de su padre Gillion; y que quizá había llegado la hora de saber si estaba con vida. Así conversaban los dos jóvenes entre ellos.

Por su parte, el Sultán de Babilonia y Gillion montaron sobre los destreros y fueron a recibir a los Reyes de Persia, de Meda y de Antioquía, a quienes saludaron muy cortésmente. Después los llevaron al palacio donde fueron grandemente festejados. Entonces el Sultán les contó la tregua que había pactado con el Rey Fabur que duraría ocho días, de modo que el combate se produciría el noveno día. "Cosa, dijo él, que he querido hacer a fin de que vuestras gentes puedan refrescarse y descansar del gran esfuerzo y pena que han sufrido para venir hasta aquí". Cuando los Reyes escucharon al Sultán, se pudieron muy contentos y le dijeron que había sido bien aconsejado. Los Reyes fueron alojados dentro de la ciudad y su gente en los campamentos donde estaban las tiendas y pabellones. El Sultán y Gillion los festejaron mucho, lo mismo que la bella Graciana, a quien ellos rindieron gran honor, así como a Gillion, su marido, al cual tenían gran deseo de conocer debido a todo lo que habían oído hablar de él.


Así como lo oís, pasaron los ocho días y al llegar el noveno día ordenaron sus batallones. El Rey de Antioquía rogó al Sultán y le solicitó que le otorgara el mando del primer batallón; lo que le fue concedido. El Rey de Meda solicitó conducir el segundo batallón; lo que también le fue acordado. El poderoso Rey de Persia quiso conducir el tercer batallón y el Sultán de Babilonia quiso conducir el cuarto y último batallón, acompañado de Gillion y de Hertán como su guardia personal. "Gillion, le dijo Hertán, muy mal nos va porque nos ha correspondido el último batallón". "Callaos, le dijo Gillion, llegaremos a tiempo; porque antes de que nos encontremos fatigados y de ni siquiera haber dado un solo golpe, habrán muerto cien mil sarracenos de un lado y de otro. Quiera Nuestro Señor que los dos bandos perezcan o se ahoguen en el mar y que nosotros, vos, yo y Graciana, mi mujer, podamos partir al Reino de Francia". "Quiera Dios que así sea", dijo Hertán.

Así como lo oís, el Sultán y los de su bando ordenaron sus batallones. Por su parte, el Rey Fabur ordenó cuatro batallones que encargó dirigir a aquellos en quienes tenía más confianza. El personalmente condujo el cuarto batallón y con él estaban cuatro Reyes.

Cuando llegó el jueves, bien de mañana y un poco delante de sus tiendas esperaron a sus enemigos reunidos y acomodados en una muy bella disposición. Por su parte, los de Babilonia habían salido de la ciudad y, reunidos y ordenados, venían al paso aproximándose a sus enemigos. Gran algarada y ruido hacían al acercarse los dos ejércitos. Las trompetas, los tambores y los cuernos de olifante sonaban con tal fuerza que daba horror oírlos. Entonces de los dos lados se levantaron los gritos. Los arqueros comenzaron a tirar los dardos de manera que formaban una masa tan espesa en el aire que parecía que hubiese una nube encima de los ejércitos. El Rey de Antioquia y el Rey de Túnez, que conducían los dos primeros batallones, se aproximaron uno al otro y se embistieron con sus lanzas, golpeándose en los escudos tan ferozmente que los dos cayeron por tierra. Entonces acudieron sarracenos de ambos lados, que permitieron a los dos Reyes volver a montar sobre sus destreros; pero antes de que ello fuera posible, muchos quedaron muertos o heridos. Después el Rey de Antioquía dio al Rey de Túnez un tajo tan grande con su espada sobre el yelmo que lo abrió hasta los dientes; al retirar su espada, el Rey de Túnez cayó muerto por tierra. Cuando los africanos vieron la muerte de su Rey, se acercaron presurosamente al Rey de Antioquía para vengarlo; y éste hubiere sido muerto si no fuera por el Rey de Meda que lo socorrió. Entonces sonaron las trompetas y los cuernos de olifante. Gran espanto daba ver cómo los sarracenos se mataban unos a otros. Los campos estaban cubiertos y cubiertos de muertos y de desmayados. Muy grande fue la batalla y horrible de ver.

Entonces llegó un sarraceno donde el Rey Fabur y le dijo: "Sire, una gran pérdida habéis tenido hoy día con la muerte del Rey de Túnez". Cuando el Rey Fabur se enteró por el sarraceno de la muerte del Rey de Túnez llamó a los dos jóvenes de Trazegnies y les rogó encarecidamente que no lo dejaran y que se mantuvieran cerca de él, prometiéndoles que si podía escapar con vida de la batalla les permitiría regresar a su país o ir adonde quisieran porque quedarían libres. Los dos hermanos aceptaron, al ver que el Rey habían puesto toda su confianza en ellos. Ambos estaban muy ricamente armados y, antes de partir de Trípoli, habían hecho pintar las armas de Trazegnies sobre sus dos escudos a fin de que pudieran reconocerse; y también para que, si encontraban a su padre, éste pudiera reconocerlos.


Por entonces los batallones comenzaron a desordenarse y penetraron unos dentro de los otros. Los unos redoblaban los gritos de guerra entorno a su enseña, los otros ofrecían rescate para salvar la vida, los de mas allá se mataban entre sí. El Sultán aproximó su batallón. Gillion bajó la lanza y golpeó al Rey de Belmarin de tal manera que su lanza le atravesó el cuerpo y, al recuperarla, el Rey de Belmarin cayó muerto ante el caballo del Sultán. Entonces el Sultán penetró en la batalla gritando "¡Babilonia!". El Rey Fabur, habiéndose enterado de la muerte de dos de sus Reyes, tuvo gran temor. Entonces Jean de Trazegnies se puso a increparlo en voz muy alta: "Ah, Sire! ¿Qué esperáis?. ¿Por qué nos tenéis aquí en la retaguardia? Nosotros deberíamos estar en el primer frente de la batalla para socorrer a nuestra gente". "Fabur, le dijo Gérard, dadnos permiso a mi hermano y a mí para ir a matar a nuestros enemigos. De todas maneras estaremos atentos a vos, de modo que si nos necesitarais podríamos acudir a socorreros". El Rey Fabur les dio permiso ellos permitieron regresar donde él si los necesitaba. Gérard llamó a Jean y le preguntó a favor de qué lado combatirían ya que todos eran sarracenos. "No lo sé, le dijo Jean, si no fuera por el peligro en que nos encontramos, yo estaría muy contento de combatir contra ambos bandos. Pero dado que estamos con el Rey Fabur, corresponde que ayudemos a su bando". "Hermano, le dijo Gérard, si él quiere que no le matemos a su gente, que venga al lado nuestro para enseñarnos a distinguirla. Porque yo no voy a hacer distinciones entre paganos ni esclavonios". Entonces, los dos jóvenes de Trazegnies penetraron en el combate donde hacían maravillas. Tanto hicieron que en poco tiempo sus espadas eran reconocidas por los babilonios. No había nadie que se atreviera a enfrentarlos, si es que no buscaba la muerte. Todos les huían. Aquellos que eran alcanzados por los dos jóvenes, no podían escapar a la muerte.

Por otra parte, estaba Gillion, su padre, quien iba por la batalla hiriendo y matando a todos los que podía alcanzar. Hertán, debido al gran deseo que tenía de matar sarracenos, encargó su enseña a un varón de su bando y penetró en el combate donde empezó a cortar brazos y hombros. Los tasajeaba y abatía tan valientemente que no había sarraceno alguno que se atreviese a acercársele. A uno le cortó el brazo, a otro el hombro. Todos los que le conocían, le abrían paso. Hertán penetró tan profundamente en la batalla que advirtió a los dos jóvenes en gran peligro de perder la vida, porque estaban rodeados. Gérard habían perdido el yelmo y le hubieran cortado el cuello si Hertán no hubiera estado ahí en ese momento. Apenas se aproximó, fue reconocido por su gente, entonces, gritó a los babilonios que evitaran hacer daño a los dos jóvenes ya que era gracias a ellos que, cuando había estado prisionero del Rey Fabur, le respetaron la vida; por lo que esta cortesía debía ser correspondida. Así, Hertán liberó a los dos jóvenes e hizo que le devolvieran su yelmo a Gérard. Después les dijo: "Hijos míos, id a la ciudad y permaneced ahí. Hablaré con el Sultán, quien los recibirá en su gracia y seremos compañeros juntos". Los jóvenes no aceptaron y se aprestaron a de Hertán. En ese momento llegó un sarraceno que golpeó a Hertán por detrás en forma tan extraordinaria que lo hizo caer del destrero a tierra. Entonces Jean de Trazegnies miró al sarraceno y vio que se trataba del Rey de Bonne. Se volvió contra él y le dio un golpe con su espada tan grande que lo derribó del destrero, al cual tomó por la rienda y lo llevó donde Hertán para que lo montara, quien le agradeció mucho.

Después Hertán penetró en la batalla y encontró a Gillion a quien le contó la aventura que había tenido y cómo había salvado de la muerte a los dos jóvenes y cómo después ellos lo habían ayudado a volver a montar. "¡Por mi fé!, dijo Gillion, si los tenéis en prisión, les demostraré que me han dado gusto con esta cortesía. Porque una bondad se paga con otra".

Así conversaban Gillion y Hertán. Luego entraron nuevamente en la batalla. Es así como Dios quiso que Gillion encontrara a sus dos hijos: por los escudos que llevaban al cuello, donde cada uno había pintado las armas de Trazegnies. Hertán desde un montículo le dijo a Gillion que delante de él podía ver a los dos jóvenes de los cuales le había hablado. "Hertán, le dijo Gillion, no sé de qué tierra ni de qué país pueden ser. Pero les veo llevar las armas de Trazegnies, familia de la cual yo soy la cabeza. Mucho me gustaría saber por qué circunstancias y en razón de qué causa llevan esas armas y de dónde han venido. Verdaderamente tengo gran deseo de saberlo". Mientras Gillion y Hertán conversaban de esta manera, Jean de Trazegnies vio al Rey de Meda delante de su padre y Hertán, y le asestó un tajo con la espada tan grande que echó por tierra el brazo y el escudo; y del gran dolor que tuvo el Rey, cayó del destrero y murió entre las patas de los caballos. Después en alta voz Jean comenzó a gritar: "¡Trazegnies!". Luego Gérard atacó a Corardin, primer Chambelán del Sultán, a quien le dio un golpe tan grande que lo derribó muerto de su destrero. Luego se puso a gritar también "¡Trazegnies!", de todo lo cual Gillion estaba muy maravillado y se preguntaba el porqué. Le dijo a Hertán: "Yo quiero y os lo ordeno que hagáis todos los esfuerzos que sean necesarios para capturar a esos dos vasallos". Hertán le contestó que lo haría con gusto. "Ved, le dijo Gillion, que los podamos capturar con vida y que no se haga daño a sus cuerpos". Entonces Hertán, acompañado de veinticuatro hombres valientes y osados que eligió especialmente para ello, penetró en la batalla. Divisó a los dos jóvenes que combatían muy duramente tan urgidos por sus enemigos que Jean rompió su espada, por lo que quedó muy apenado y deprimido. Entonces Hertán, viéndolo en este peligro, ordenó a los que estaban con él que lo capturaran sin hacerle daño. En ese momento un caballero babilonio se aproximó a Jean con la intención de golpearlo. Pero Gérard lo advirtió y le dio un tajo con su espada tan maravilloso que lo abrió hasta los dientes, cayendo muerto delante de él. Muy grande y fuerte fue la batalla, pero Jean estaba muy fatigado. Gérard, su hermano, fue derribado de su destrero y hubiera sido muerto si no fuera porque Hertán que los observaba, les gritó a ambos que aceptaran rendirse ante él y que, si ello hacían, les darían una buena prisión sin que sufrieran pena ni dolor. Después les dijo que confiasen en él sin pensar en manera alguna que él quería engañarlos. Entonces Jean, viendo que no podrían escapar sin ser muertos o capturados y habiendo reconocido a Hertán, le dijo a su hermano Gérard que no había más remedio que rendirse y que debían colocarse a la merced de aquel a quien en otra oportunidad le habían hecho una cortesía. "¡Ah, hermano!, le dijo Gérard, bien me place que así lo hagamos". Entonces ambos se rindieron como prisioneros a Hertán, quien encargó a diez sarracenos que los llevaran a Babilonia ordenando al que mandaba el grupo que los entregasen a la bella Graciana de su parte y que dijeran a la dama que Gillion, su marido, pedía que a los dos prisioneros no se les hiciera ninguna descortesía ni se les colocara en una mala prisión. Este respondió que haría todo como se lo había ordenado.

Partieron inmediatamente, llevando a los dos jóvenes fuera de la batalla. Después entraron en la ciudad y llegaron al palacio donde encontraron a Graciana, quien los recibió muy alegremente y les preguntó noticias de su marido Gillion y del Sultán, su padre. Estos le respondieron que, con la ayuda de Mahoma y de Gillion, su marido, estaban ganando a sus enemigos. Cuando Graciana recibió a los dos prisioneros, los hizo vestir y engalanarse con ropa nueva y luego les dio de beber y de comer. De ellos hablaremos después y por ahora regresaremos a la batalla.

El Rey de Fez, lleno de ira y de mal talante porque veía que su gente retrocedía y perdía sitio, delante de Gillion le dio a un babilonio un golpe tan grande que lo derribó muerto de su destrero. Cuando Gillion advirtió la presencia del Rey soltó las riendas y alzó la espada con las dos manos dándole al Rey de Fez un tajo tan grande que le sacó la cabeza desde los hombros. En ese momento se acercó Hertán, quien le dijo a Gillion que los dos vasallos estaban ya capturados. Gillion le respondió que estaba muy contento de ello y que en la noche sabría por ellos la causa por la que llevaban sus armas y que, si no tenían ninguna buena razón, los haría morir a los dos. Después entraron nuevamente en batalla donde comenzaron a golpear.


Si quisiera contarles todas las proezas y los grandes hechos de armas de Gillion y Hertán, mucho podría decirles. Pero basta señalar que toda la pérdida y el daño recayó sobre los morienos. El Rey Fabur, viendo a su gente en desbandada y sabiendo que todos los Reyes que habían venido con él estaban muertos, sintió gran duelo en su corazón. Entonces gritó a su gente que emprendieran la retirada junto con él y que tomaran el camino de sus barcos, tratando de salvarse. Pero Hertán corrió tras él, gritándole: "¡Falso sarraceno desleal!. Gran vergüenza debes tener por huir. Voltea hacia mí. Te presento mi escudo y te invito a golpear sobre él. Y si rehúsas el combate, te mataré huyendo; lo que será un baldón para tí y tus amigos". Cuando el Rey Fabur escuchó a Hertán, se dio media vuelta y lo apuntó muy ferozmente con su lanza. Los dos bajaron sus lanzas y se golpearon ambos con tal fuerza que los dos cayeron de sus destreros por tierra. Inmediatamente se reunieron ahí morienos y babilonios, cada uno tratando de ayudar a su bando. Tanto hicieron unos y otros que el Rey Fabur y Hertán fueron colocados nuevamente sobre sus destreros. El combate prosiguió muy fuerte y horrible. Hertán gritaba "¡Babilonia!" y el Rey Fabur gritaba "¡Moriena!" para levantar el ánimo de su gente. Pero mal le hubiera ido a Hertán si no hubiera acudido Gillion en su socorro. Porque morienos que llegaban de todas partes lo habían rodeado y acosado de tal manera que ya casi no tenía fuerzas para defenderse. Gillion le gritó que se sostuviera y que inmediatamente acudiría a ayudarlo. Gillion se acercó muy colérico, con la espada en la mano teñida y ensangrentada con la sangre de sus enemigos, se arrojó en medio de los que rodeaban a Hertán y, divisando al Rey Fabur, se acercó a él y le di un golpe con la espada sobre el yelmo tan grande que poco faltó para que lo hiciera caer por tierra. Cuando el Rey Fabur sintió el golpe que Gillion le había dado se dijo que poco se apreciaría a sí mismo si no se lo devolvía igual. Alzó la espada con las dos manos y le dio a Gillion un golpe sobre el yelmo tan fuerte que lo derribó totalmente aturdido por tierra. Cuando Gillion se vió en el suelo, se levantó vivamente con la espada en la mano y el escudo colocado y se acercó al Rey Fabur, siempre defendiéndose muy vigorosamente. Pero su defensa y sus grandes proezas le hubieran valido de poco si el Sultán no hubiera acudido a socorrerlo. Este regresaba a la ciudad; y cuando se encontraba en camino escuchó gran ruido y gritos. Preguntó qué es lo que sucedía y le dijeron que los enemigos habían cercado a Gillion y a Hertán. Entonces el Sultán con gran prisa regresó a la batalla donde Gillion estaba, espada en mano, defendiendo su cuerpo y su vida y gritando "¡Babilonia!". El Sultán lo escuchó y vino rápidamente al lugar en que se encontraba, rompiendo el cerco y abatiendo y confundiendo sarracenos. Delante del Rey Fabur, mató al Rey de Granada. Después tomó el destrero de éste y lo entregó a Gillion quien muy prontamente montó sobre él. El Sultán le dijo: "Gillion, bien me recuerdo que una vez me hicistéis una cortesía similar y ahora me siento obligado a hacer lo mismo. Tomad el destrero y pensad en vengaros". "Sire, le dijo Gillion, con esta cortesía que me habéis hecho os quedo obligado por el resto de mi vida".

Gillion quedó muy contento por su aventura y, en cambio, el Rey Fabur quedó muy dolido de haber regresado, cuando ya estaba en camino a sus naves; sobre todo cuando comprendió que no le quedaba otra cosa que defenderse como valiente vasallo. Maravillosos fueron los hechos de armas y las altas proezas que hicieron Gillion y Hertán; porque no quedó ningún Rey ni Emir de la compañía del Rey Fabur que no terminara sus días. El Rey Fabur comenzó a maldecir a Mahoma. Gillion de Trazegnies, que estaba muy deseoso de vengarse del Rey Fabur, tomó una gruesa lanza de las manos de un sarraceno, la apoyó sobre el caballo y golpeó con ella al Rey Fabur en medio del cuerpo con tal fuerza y poder que lo atravesó. El Rey Fabur cayó por tierra donde miserablemente terminó sus días entre los muertos. Cuando los morienos vieron que su Señor había muerto emprendieron la huída, unos de un lado, otros de otro. Pero no había lugar en que no fueran muertos por los babilonios, quienes estaban muy contentos de haber destruido a todos sus enemigos. Los babilonios fueron hacia las tiendas y se repartieron tantas cosas y riquezas que la mayor parte de ellos se volvieron ricos.

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