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La batalla de Babilonia
Capítulo 15

Cómo el Rey Ysor de Damasco vino a sitiar Babilonia y de la gran batalla que hubo

Acompañamiento musical

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Bien habéis ya oído cómo el Rey de Damasco envió su mensajero a Babilonia para ver al Rey Sultán y pedirle en matrimonio a su hija; y habéis oído también del rechazo del Sultán, que le produjo al Rey Ysor una ira tan grande en su corazón que reunió a todos sus amigos y aliados, que fueron hasta diez reyes y emires. Estos llegaron con todo su poder y se alojaron en Damasco. Los jardines y la región estaban llenos de gente. Todos hablaban de destruir al Sultán. El Rey de Damasco, viendo que todo estaba listo, ordenó partir a su hueste y que se pusiera en camino. Era algo horrible verlos y oírlos, debido a las grandes crueldades que amenazaban cometer. Atravesaron Siria, Palestina y Gaza que está a la entrada de los desiertos. Hicieron llevar por mar sus víveres, tiendas y pabellones. Luego entraron por el Nilo.

De estas jornadas, no vale la pena que les haga un cuento largo. Viajaron por tierra y por mar hasta que, tanto los que habían venido por barco como los que habían venido a pie, llegaron a Babilonia y se instalaron sobre toda la llanura . Hicieron bajar de los barcos sus tiendas y estandartes. El Sultán, quien había sido advertido de la venida de este ejército, había enviado a buscar a todos los amigos y aliados que pudiera tener. Cuando vio lo grande del poder del Rey de Damasco, se asustó mucho; y no sin razón, ya que toda la ciudad estaba rodeada y el río Nilo cubierto de naves. Cuando el Rey de Damasco vio que su ejército estaba listo y en orden y que las tiendas y estandartes habían sido levantados, reunió a los reyes y emires en torno de él y les dijo: «Señores, todos debemos alabar a Mahoma que nos ha permitido venir hasta aquí sin ningún tropiezo. Sabéis bien la causa por la que os he traído. El Sultán de Babilonia, como ya otras veces os lo he dicho, tiene una bellísima hija que he requerido en matrimonio; pero su enorme orgullo lo ha llevado a rehusármela. Por eso tengo en el corazón un duelo muy grande y no puedo olvidar la injuria que me ha hecho al rehusármela. Hago, pues, la promesa a nuestro santo Profeta Mahoma de que jamás me iré de aquí mientras no haya capturado al Sultán y tenga a su hija a mi merced; para lo cual pido la ayuda de ustedes». Entonces, todos los reyes y emires, a una sola voz, gritaron que no le faltarían ni le abandonarían hasta la muerte para lograr que el Sultán sea destruido, su ciudad demolida y su país arruinado.


Así como oís, los paganos conversaban entre ellos. Por su parte, el Sultán se encontraba dentro de Babilonia, donde hizo pregonar por todos lados a toque de corno que todo el mundo se aprestara a salir a dar el encuentro a los enemigos; y todos los que podían usar armas salían de todos lados para ponerse a las órdenes del Sultán. Este, al ver que todos estaban listos, inició la salida al campo. Una vez afuera, dividió la tropa en cuatro batallones y encargó el mando de cada uno de ellos a aquellos que le parecían más capaces para dirigirlos. A su vez,

cuando el Rey de Damasco advirtió que el Sultán estaba fuera de las murallas, comenzó la marcha hacia él, ya que todos estaban listos. Es así como llegó un momento en que los estandartes y las enseñas [de uno y otro bando] se entrecruzaron. Los gritos y la algarada de ambos lados fue tan grande que producía horror oírlos. De los dos lados comenzaron a lanzarse flechas y lanzas . Después vinieron las hachas y las espadas y se dieron mutuamente golpes tan fuertes que era una maravilla verlos. El Rey de Damasco iba por la batalla espada en mano, arengando a su gente para que luchasen con denuedo. Por su parte el Sultán, que era muy rápido y hábil con las armas, vio ante él al Rey de Damasco y le dijo a gritos: «¡Ah, Ysor! ¿Por qué razón has venido a atacarme en mi tierra, a pesar de que ni a tí ni a los tuyos les hice ningún daño? Pero debes saber que antes de que el sol se ponga, tu maldecirás la hora de mi nacimiento». Entonces el Sultán, mirando delante de él, divisó al Rey de Antioquia, que era muy valiente con las armas. Uno y otro se aproximaron, cada uno con la espada en mano; y luego se dieron golpes tan grandes y horribles y se mutilaron de tal manera que la sangre que brotaba de sus cuerpos teñía de rojo la hierba. El Sultán, totalmente fuera de sí, levantó la espada y le dio al Rey de Antioquia un tajo tan desmesurado que éste cayó muerto, abierto hasta el estómago. El Rey Ysor, que se encontraba cerca, vio caer al Rey de Antioquia, su hermano, y tuvo un dolor tan grande en su corazón que transpiraba de angustia. Vino hacia el Sultán, espada en mano, diciéndole: «¡Oh, desleal y perverso! La muerte de mi hermano será vengada por encima de todo». «Anda, insolente, desleal», le contestó el Sultán, «antes de que me aleje de aquí haré lo necesario para que le hagas compañía a tu hermano». Entonces se acercaron los dos reyes uno al otro y se atacaron mutuamente, diciéndose muchas injurias y reproches. El Sultán le dijo: «¡Ah, Ysor de Damasco! Seas maldito de Dios y de Mahoma, porque, aunque yo no te había hecho nada, has venido hasta aquí para acosar mi gente y mi país». Ysor le replicó: «El rechazo que me hiciste de tu hija, te lo haré pagar caro. Dejaré en ruinas Babilonia y El Cairo hasta el extremo que nunca más podrá volver a ser habitada por seres humanos. Y además tendré a Graciana para convertirla en mi objeto de placer, porque la deseo muy vivamente. Sultán, debes saber que he traído conmigo a diez reyes paganos . Todos han jurado matarte y lo harán, excepto uno que ya no puede porque le has quitado la vida. De éste último me constituyo en vengador; no te me escaparás jamás hasta que te haga morir con gran dolor. Te desafío en nombre de Mahoma, a quien me encomiendo». «Y yo a ti,» dijo el Sultán, «porque no te temo ni te respeto». Entonces se acercaron uno al otro y se dieron tal cantidad de golpes y tan seguido que ninguno tenía tiempo de descansar. Pero sus respectivas gentes que estaban próximas no les dejaron llevar a cabo sus propósitos. Así vinieron de ambos bandos en socorro de su respectivo Señor.

La batalla alcanzaba su momento más duro y peligroso. Si alguien quisiera contar todas las proezas, cansaría demasiado a quienes quisieran escucharlo.

Los babilonios se defendieron ferozmente contra Ysor, Rey de Damasco; pero la fuerza gana siempre. Habían tantos damasquinos, antiocos y tarsos que, quisiéranlo o no, los babilonios tuvieron que retroceder con gran pérdida.

Dejaremos de hablar de ellos hasta que llegue la hora y hablaremos de la bella Graciana.