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La batalla de Babilonia
Capítulo 16

Cómo la doncella Graciana hizo salir a Gillion fuera del calabozo e hizo que se armaran él y Hertán para que fueran en ayuda de su padre el Sultán

Acompañamiento musical

Cuando la bella Graciana, que estaba apoyada en las ventanas del palacio, vio la pérdida y la derrota que afectaba al sultán, su padre, no supo qué pensar. Regresó a su habitación e hizo llamar a Hertán: le dijo que fuera a buscar a Gillion y que lo trajera a su cuarto.

Hertán, deseoso de cumplir la orden de la doncella, fué al calabozo y trajo a Gillion de Trazegnies. Cuando la doncella lo vio, le dijo: "Gillion, vuestra belleza y bondad me obligan de tal manera a amaros, que no puedo descansar ni siquiera una hora. Por vuestro amor, seré creyente en Dios y en la Virgen María, su Madre". "Dama", le dijo Gillion, "alabo y agradezco a Nuestro Señor por haberos así inspirado. Y os prometo que de ahora en adelante estaré listo a obedeceros mientras mi cuerpo tenga vida". Entonces Gillion comenzó a temblar y no sabía qué hacer, porque un dardo de amor que ella le lanzó con una chispa de amor ardiente, le había tocado el corazón. Pero poco después le vino un repentino recuerdo que le hizo cambiar y mudar su pensamiento; porque le vino a la memoria su muy deseada mujer que a su partida había dejado encinta en Hainaut. Su corazón comenzó a extrañarla a tal punto que le brotaron lágrimas de los ojos. La doncella que estaba cerca de él, advirtió esto y le dijo: "Gillion, advierto que sentís un cierto dolor porque veo las lágrimas salir de vuestros ojos: os ruego que me digáis la causa de vuestro dolor". "Dama," le dijo Gillion, "os ruego que por esta vez posterguéis vuestra pregunta, aún cuando yo tendría muchas ganas de responderla". La doncella dejó de interrogarlo y pensó que probablemente su dolor no se debía a otra cosa que encontrarse prisionero en un país extraño y en manos de quienes no pertenecen a su ley.

Entonces Gillion habló y le dijo: "Señora, si me queréis dar un gran placer, rogad y exigid que me entreguen armas y caballo , con los cuales pueda acudir en ayuda del Sultán, vuestro padre". Cuando Hertán vio la voluntad y el coraje de Gillion, dijo en alta voz que le gustaría acompañarlo y que lo seguiría paso

Graciana le entrega espada del Sultán.jpg

a paso hasta la misma muerte si fuera necesario. Cuando Gillion escuchó a Hertan se acercó donde él y lo abrazó diciéndole que mucho debía estimarlo puesto que quería venir con él para servirlo. La bella Graciana, habiendo oído esta conversación, dijo a Gillion: "Amigos, por lo que veo, queréis ir a socorrer a mi padre, el Sultán; pero tengo mis dudas de que cuando estéis ahí afuera no queráis más regresar y de mí os olvidéis". Cuando Gillion escuchó a la doncella, le dijo muy en alto: "Bella, por el Dios en el cual creo, mientras viva nunca dejaré este país sin el permiso de vos y de vuestro padre, el Sultán". Cuando la doncella escuchó la gran promesa que le acababa de hacer, sintió gran alegría en su corazón; y le dijo: "Gillion, a partir de ahora, podéis ir a la batalla o permanecer. Dado que queréis tener armas y caballo, os los proporcionaré".

Ahí cerca había un guardarropa donde estaban los arneses y las armas del Sultán. Ella llevó a Gillion al lugar y le dijo que él y Hertán tomaran a su gusto todo lo que quisieran. Gillion tomó todo lo que le gustaba, Hertán escogió lo mejor que encontró. Cuando los dos estaban armados a su gusto y habían escogido las mejores espadas, con sus escudos al cuello y sus yelmos en la cabeza, dejaron el guardarropa y regresaron a la habitación de la doncella.

De ellos dejaré de hablarles por un momento hasta que sea la hora de regresar.