Make your own free website on Tripod.com

Home

Capítulo 40 | Capítulo 41 | Capítulo 42 | Capítulo 43 | Capítulo 44-A | Capítulo 44-B | Capítulo 45-A | Capítulo 45-B
La separación de los hermanos
Capítulo 44-B

De cómo Gérard combatió contra Lucion por el amor de Nathalie y lo derrotó (continuación)

Acompañamiento musical

Como se aproximaba el día en que debía realizarse el combate, el Rey Morgant vino a buscar a su hermana y le dijo que debía encontrar una persona que quisiera defender su querella o que, de otra manera, ella sabía bien que por justa sentencia sería condenada a muerte. "Hermano mío", le dijo Nathalie, "ya he encontrado un campeón que defienda mi derecho frente a Lución". "Me place mucho esto", le dijo el Rey Morgant, "porque jamás he amado tanto a una criatura como a vos y sería muy feliz si resultara que no tenéis la culpa que Lución pretende atribuiros". "Sire", le dijo la doncella, "soy vuestra hermana y vos sois mi hermano. Sin embargo, vos mismo habéis comprobado que en vuestra Corte no he encontrado ningún hombre suficientemente valiente que, viendo que me encuentro en peligro de muerte, se haya atrevido a ofrecer combate contra Lución; lo cual me ha sumido en una gran melancolía. Pero Mahoma, por quien he sido reconfortada, me ha hecho la gracia de encontrar un campeón que estará en el campo para defenderme frente a Lución. Hermano mío, vos sabéis que hay en vuestra prisión un cristiano a quien me habéis entregado en custodia, que es aquél que mató a nuestro padre a quien nunca más volveremos a ver. Me he dirigido a él y le he contado la situación en que me encuentro y la querella que debo afrontar. El me ha jurado por su ley que por el honor nuestro y por el aprecio que tiene a vos y a mí, bajará al campo para enfrentar a Lución, defendiendo mi derecho". Cuando Morgant escuchó a su hermana, recordó la muerte de su padre que había sido matado por Gérard. Pero el ferviente amor que tenía por su hermana le hizo cambiar de humor y otorgó la autorización para que ella trajera al prisionero como a su campeón; de lo cual la doncella muy respetuosamente agradeció al Rey, su hermano. Después, la doncella fue a su cuarto y mandó llamar a Gérard con su esclavo. Llegó Gérard, quien la saludó sonriente; y la doncella le dijo que era bien venido. Después ella agregó: "Gérard, bien sabéis que mi hermano os colocó en mis manos y bajo mí haceros sufrir o dañaros. Tengo mucha necesidad de encontrar un campeón que quiera batirse por mí frente a Lución. Por esto os he hecho venir a mi habitación para deciros que mi hermano, el Rey Morgant, está contento de hayáis aceptado combatir en mi favor. Por eso os ruego que, si tanto me amáis, no os retractéis ahora". "Señora", le dijo Gérard, "como os he prometido el otro día, estoy listo para combatir a Lución; y os prometo que, con la ayuda del Dios en que creo, más le valdría a Lución encontrarme al otro lado del Mar Rojo que haberos acusado de traición". Entonces, la bella Natalie le agradeció en presencia de todas las damas que estaban muy maravilladas con Gérard y se decían unas a las otras que nunca habían visto antes un joven mejor hecho ni mejor formado en todos sus miembros. ¡Qué pena que no fuera creyente en Mahoma!. Hubo una de las damas que llegó a decir que si una persona así la amaba, ella se sentiría muy feliz aunque él hubiera matado a su padre o a su abuelo. Así como lo oís, conversaban las damas entre ellas sobre Gérard; de lo cual la doncella Nathalie estaba muy contenta, porque ella lo amaba mucho, aunque uno y otro disimulaban a fin de que no se dieran cuenta de sus amores.

Por ahora dejaremos de hablar de ellas y les contaré sobre Lución. Este vino al palacio ante el Rey Morgant a quien encontró rodeado por sus barones y caballeros. Muy respetuosamente lo saludó y le dijo: "Sire, hoy es el día en que debo bajar al campo para probar lo que he dicho sobre vuestra hermana. Pero no veo ninguna persona que se haya atrevido a presentarse para combatirme, porque todos saben que jamás diría una cosa que no fuera buena y verdadera. Por ello, debéis hacer quemar viva a Nathalie". En ese mismo instante entró a la Sala la bella Nathalie, atravesó el grupo y se colocó ante el Rey, su hermano, a quien dijo: "Sire, ante vos ved a Lución quien por hacerme daño y sin causa, como un loco y desleal traidor, me ha acusado de haberos dado veneno para haceros morir. Pero hoy día, antes de que llegue la noche, le presentaré un campeón para defender mi derecho contra él". "Dama", le dijo Lución, "todavía no ha nacido el hombre que quiera bajar al campo para luchar conmigo". "Anda, insolente desleal, a ser armado lo más rápidamente que puedas. Inmediatamente verás a aquel que te hará reconocer la culpa y confesar la traición que tú mismo has urdido". Lución quedó muy confundido ya que nunca creyó que Nathalie encontraría una persona que se atreviera a combatir contra él. Se retiró rápidamente de la presencia del Rey acompañado de los de su linaje y se fue a armar con todas sus armas. Después se hizo llevar al campo donde el Rey Morgant había ordenado levantar una tribuna en la que ya se encontraba él mismo con sus barones. Un esclavonio se acercó donde la doncella Nathalie y le dijo que rápidamente hiciera armar a su campeón, ya que Lución, la parte contraria, estaba listo en el campo donde lo aguardaba. La doncella ordenó inmediatamente que Gérard fuera armado con muy bellas y ricas armas. Después le hizo traer un escudo sobre el cual había hecho pintar muy hermosamente el rostro de una doncella y entregándoselo le dijo: "Amigo, os entrego este escudo como regalo. El contorno está hecho de oro fino que significa fuerza y virtud y que debéis ser respetuoso y cortés hacia todo el mundo; y el rostro de la doncella que está en el medio significa que, por el amor que me tenéis, seáis colmado de valentía y de proezas. Muy dulcemente os ruego que, por el amor que me tenéis, lo queráis conservar". Entonces Gérard lo tomó y se lo colgó al cuello. Después la bella tomó el yelmo y se lo trajo; pero antes de colocárselo en la cabeza, besó a Gérard en la boca, por lo cual los esclavonios que se encontraban presentes, las damas y las doncellas, comenzaron a gritar en voz muy alta diciendo que había hecho muy mal de besar a un cristiano y que Mahoma podía encolerizarse. "¡Callaos!", les dijo Nathalie, "no volváis jamás a hablar de ello. Bien debo besarlo y hacerle honores cuando por amor a mí, porque por defender mi honor y mi cuerpo ha puesto el suyo en riesgo de vivir o de morir; lo que ninguno de ustedes creyentes en Mahoma, se había atrevido a hacer. Bien debo, pues, servirlo y honrarlo". Entonces le colocaron el yelmo a Girardin y él se colocó la espada al cinto. Después, habiendo tomado la lanza en la mano, lo condujeron hacia el campo donde lo esperaba Lución.

Entre tanto, al ver Lución que todavía no llegaba Gérard, se dirigió en alta voz al Rey Morgant y le dijo: "Sire, como podéis ver, el día pasa y no hay nadie que aparezca". Cuando así hablaba Lución con Morgant, entró Gérard al campo totalmente armado, la lanza en la mano, acompañado de damas y doncellas. Tan pronto como lo vio el Rey Morgant, se acordó del Rey Bruyant su padre, quien había sido muerto por Gérard; y se le comenzó a remover la sangre. Dijo: "¡Ah, Mahoma, qué cosas me hacéis sufrir cuando delante mío y en mi presencia veo a aquél que mató a mi padre y a quien estoy obligado de rendirle honores porque ha aceptado, por aprecio a hermana a quien amo mucho, combatir contra Lución, para descargarla del crimen del cual él la ha acusado!". Así se decía a sí mismo Morgant, como lo oís. Gérard fué muy observado por los paganos y esclavonios. Entró en la lid y saludó al Rey Morgant.

combate Gerard y Lucion.jpg

Cuando Lución lo vio entrar, toda la sangre se le removió; porque vio que Gérard era un contendor aparente para él y que se notaba que era fuerte y hábil. Entonces el Rey Morgant, viendo que los dos campeones estaban listos para combatir, hizo tomar a su hermana y llevarla hasta la pira donde el fuego había comenzado a arder. Después juró que si el campeón de su hermana era vencido, la quemaría en dicha pira. Cuando la doncella se vio conducida hacia el fuego, los ojos se le llenaron de lágrimas y rogó devotamente a Mahoma, pidiéndole que protegiera y defendiera a su campeón.

Entonces los dos campeones montaron sobre poderosos destreros, uno en un extremo del campo y el otro en el otro extremo, y se miraron muy ferozmente uno al otro. Después bajaron las lanzas, picaron las espuelas de sus destreros y se acercaron corriendo tan horriblemente que de verlos llegar parecía que todo debía confundirse. Muy ferozmente se golpearon sobre los escudos con tal fuerza que sus lanzas se quebraron en pedazos y los fragmentos volaron por el aire. Después sacaron rápidamente sus espadas, con las cuales se golpearon tan fuerte y seguido que saltaban chispas de sus yelmos. Lución era un caballero fuerte y bien hecho; y Gérard era un joven ligero y valiente, y era cristiano. Ahí estaba Nathalie con gran concentración rogando por Gérard, su campeón, y maldiciendo dentro de sí a Lución, el muy desleal traidor. Gérard miró hacia donde estaba la doncella y la vio de rodillas, rezando por él, y luego recordó el beso que le había dado al momento de despedirlo. Esto le dio nuevas fuerzas y vigor; se acercó muy vivamente a su enorme enemigo, espada en mano, y le dio al pagano un golpe tan grande sobre el yelmo que lo hizo caer del caballo a tierra, bastante aturdido. Cuando Gérard lo vio caer, saltó de su destrero, espada en mano, se acercó a Lución. Este, cuando vio que Gérard rápidamente había bajado de su caballo, se levantó y retomó su coraje, combatiendo ambos muy ferozmente. Por otra parte, el caballo de Gérard corrió hacia el de Lución y los dos caballos se combatieron con patas y dientes con tal fiereza que el caballo de Gérard estranguló al de Lución. Los sarracenos, incluyendo al Rey Morgant, decían que esto era un mal signo para Lución, quien quedó muy apenado en su corazón cuando vio muerto a su caballo. Varias veces maldijo a Mahoma y Gérard se puso a gritarle: "¡Oh, muy malvado bandido, rendíos!. Seréis colgado cuando todavía es de día para que todos os vean". "Malvado bandido", le respondió Lución, "habéis mentido. Jamás comeré ni beberé nada hasta que con mis dos manos os haya matado". Entonces Gérard levantó la espada y le dio a Lución un tajo tan grande que si no hubiera estado protegido por el escudo lo habría despedazado. No obstante, el tajo descendió sobre el brazo con tal fuerza que su roja sangre regó la tierra. Lución, habiendo sentido el golpe, tuvo gran temor y se dijo a sí mismo que si no se vengaba no era digno de llevar espada. Se acercó a Gérard y le dio un golpe tan grande en la mitad del escudo que lo destrozó. Entonces Gérard, que su escudo le había sido entregado por la bella Nathalie y que sobre él estaba pintado el rostro de una doncella a fin de que él se acordara siempre de ella, lleno de ira, deseando vengarse del desleal traidor, alzó la espada con la intención de herir a Lución en la cabeza; pero éste levantó el escudo y detuvo el golpe. Sin embargo, Gérard era muy sutil en el arte de la guerra y se dio cuanta de que debajo de su escudo Lución estaba al descubierto. Hizo girar la espada y le asestó a Lución un golpe sobre el muslo tan maravilloso que le cortó la pierna y Lución cayó a tierra dando un gran grito. Gérard le dijo: "¡Anda, insolente, desleal! Si tú me has prestado, yo te he devuelto". Cuando Lución se vio por tierra con la pierna cortada, dijo en alta voz: "¡Ah Mahoma, a quien bien le debería molestar el que debido a un cristiano me encuentre en este estado!". Después miró muy ferozmente a Gérard y le arrojó la espada que aún tenía en la mano tratando de atravesarlo; pero Gérard fue rápido y esquivó el golpe. Le dijo: "¡Oh, muy malvado sarraceno!. Ha llegado la hora en que miserablemente deberá terminar tus días". "¡Oh, muy desleal cristiano!", le dijo Lución, "yo no te respeto absolutamente porque si te pudiera tener en mis manos te sería imposible escaparte sin ser muerto o mutilado". "¡Cállate!", le dijo Gérard. "Todavía me siento sano y feliz mientras que a ti te veo yacer por tierra con gran deseo de vivir. Por eso te aconsejo que, para prolongar tú vida, vayas a reconocer ante el Rey Morgant la traición que has hecho y que culpablemente y sin ninguna causa has atribuido a su hermana. Anda a reconocer tu culpa y él tendrá piedad de ti". Entonces Lución le dijo que lo que decía era la verdad y que lo estaba aconsejando bien y lealmente, porque estaba arrepentido del mal que había hecho. "Y por eso", le dijo, "te ruego que te acerques y me ayudes a levantarme, permitiéndome apoyarme en ti hasta llegar ante el Rey para reconocer mi pecado. Te entregaré mi espada en tu calidad de vencedor". "¡Oh, muy desleal traidor!", le dijo Gérard, "ni de ti ni de tus mentiras me quiero fiar". Cuando Lución vio que de ninguna manera lo podría engañar, le dijo: "¡Por Mahoma!. Si te pudiera tener en mis manos, jamás verías el nuevo bello día". Entonces Gérard, quien ya se impacientaba por librarse del pagano, se acercó a él y le dio un golpe sobre el hombro tan fuerte que tanto la espada como el brazo cayeron por tierra. Lución sintió una angustia tal que pegó un grito tan fuerte que era maravilloso oírlo. Sus parientes, que lo oyeron, quedaron muy apenados y tristes. Unos a otros se decían que debían tener gran dolor al corazón de ver que Lución, su pariente, debía morir tan miserablemente en manos de un cristiano: "Jamás tendremos nuevamente honor en nuestra vida. Entremos más bien al campo y matemos al cristiano". Fueron a armarse lo más secretamente que pudieron, mientras que Gérard, que no se preocupaba de ellos, se acercó a Lución y le dio un tajo con la espada tan grande que le cortó la oreja y también la mejilla de tal manera que se le veían los dientes de la boca. Lución, que sintió mucho dolor, le gritó a Gérard que le concediera el perdón y le dijo que se rendía ante él y le prometía que reconocería su traición delante del Rey y de todos sus barones, traición que había hecho en agravio del Rey Morgant por el gran odio que había nacido en él contra Nathalie, la hermana del Rey. Es en este momento que los parientes y amigos de Lucion entraron en el campo donde se encontraban los campeones. Pero el Rey Morgant que los vio, les dijo en alta voz que si había entre ellos un hombre tan audaz, por grande e importante que fuese, que intentara aproximarse al cristiano y hacerle algún daño, inmediatamente lo haría colgar. Los paganos, que mucho temían a Morgant, se mostraron muy sumisos cuando lo oyeron hablar y se echaron atrás. Entonces Morgant descendió del estrado en el que se encontraba y vino al campo para oír hablar a Lución. Cuando este vio venir al Rey, con voz alta y clara le dijo: "Sire, sabed que nadie sino yo ha hecho la traición. Lo que he hecho se debe a que vuestra hermana me golpeó porque yo la quería besar. Por eso he querido encontrar la forma de destruirla y la he acusado sin razón. Yo mismo fui quien puso el veneno para poder después acusar a vuestra hermana". Cuando el Rey lo escuchó, se maravilló mucho y le dijo en voz alta y clara: "Lución, la razón y el derecho quieren que por todas tus maldades seas jalado y colgado". Entonces fue cogido y amarrado a la cola de un caballo y jalado hasta que los pedazos de piel y de carne quedaron sobre el piso, mientras Lución maldecía y despreciaba a Mahoma que daba horror oírlo. Después, delante de todos los que ahí estaban, fue colgado y estrangulado en la horca.

Una vez hecho justicia, el Rey Morgant llamó a Gérard y le dijo: "Cristiano, sabed que si no hubiera sido porque me habéis hecho un daño tan grande como haber matado a mi padre, te hubiera dejado ir sano y libre a tu país. Pero, por el placer, amor, honor y servicio que tú le has dado a mi hermana, te mantendré en mis prisiones hasta que yo quiera. Tendrás tanto como pidas de beber y de comer". La bella Nathalie, que estaba presente, agradeció al Rey, su hermano, y le dijo que cuidadosamente guardaría al cristiano y que ella misma tendría las llaves a fin de que sin su permiso no pudiera irse. Morgant le respondió que estaba contento de ello.

Entonces se separaron y Gérard fue desarmado y enviado nuevamente a la horrible prisión donde a menudo realizaba sus lastimeras plegarias a Nuestro Señor rogándole que tuviera piedad de él. Después dijo: "¡Ah, Jean, mi muy querido hermano! De mí no tenéis noticia alguna y yo tampoco tengo ninguna de vos. Dios os dé la gracia de que podáis regresar a salvo a nuestro buen país de Hainaut y podéis consolar a nuestra buena dama y madre, la que moriría de pena y cólera si supiera que nos han separado a uno del otro. Para mí sería motivo de gran alegría si al menos supiese cómo estáis y en qué prisión os guardan. Dios por su gracia quiera salvaros. En cuanto a mí, estoy seguro de que no moriré en prisión; porque el Rey Morgant me ha prometido y jurado que no hará daño a mi cuerpo. Por otra parte, sé muy bien que soy amado por su hermana, de la que sin embargo no me fío mucho; porque se dice comúnmente que las mujeres son demasiado mudables y que fiarse mucho de ellas es una gran locura. Podría venir un sarraceno apuesto y con gracia que, mediante regalos a las damas y doncellas que rodean a Nathalie, las convenza para que diariamente le hablen en favor del nuevo galán; y Nathalie podría dejarme caer en el olvido y volver su amor hacia ese nuevo enamorado. Porque se dice comúnmente que a las mujeres siempre las nuevas cosas les son agradables y que sus amores son mudables".

Así como lo oís, se hablaba Gérard a sí mismo en la prisión donde se encontraba sólo. Después se decía que se estaba comportando de manera infeliz e incorrecta porque tres días antes, si lo hubiera querido, se hubiera podido escapar. "Pero cuando pienso en el placer y en el amor que esta joven me ha dado y en la forma como me ha salvado la vida, ciertamente por nada del mundo me alejaría de aquí sin su permiso. Si ella ha sido buena conmigo, yo he sido cortés con ella". Así hablaba Gérard. Cuando llegó la noche, el Rey Morgant envió a buscar a su hermana y le dijo: "Hermana mía, tengo gran felicidad y alegría en el corazón por el hecho de que Lución haya muerto, porque debido a sus maldades estuvisteis en vía de perecer. Y por ese motivo he querido respetar la vida del Cristiano que os ha demostrado tanta bondad; pero estoy bien contento de que lo tengáis en prisión y lo vigiléis bien". Ella le contestó que así lo haría. La doncella se despidió del Rey Morgant, su hermano, y se fue a su habitación a esperar la hora en que podía ir a visitar a Gérard en su calabozo sin ser vista. Y como tuvo que esperar mucho, más de lo que estaba acostumbrada, Gérard que no la veía venir se sintió muy confundido, porque la hora en que normalmente ella se presentaba había pasado. Por este motivo, se puso muy triste y pensativo. "¡Ah, Dios!", decía Gérard, "es claro que esta noche he cenado mal. Parece que Nathalie me ha olvidado porque ha visto que conmigo no tiene nada que hacer y ya no se acuerda del gran peligro en que la colocó la acusación de Lución y del cual yo la he liberado". Así como lo oís, Gérard se quejaba a sí mismo en la prisión. Precisamente en el instante en que pensaba todo esto, la bella Nathalie llegó al portón del calabozo y lo abrió. Entonces Gérard se acercó a ella, la abrazó y la besó. Después ella lo tomó por la mano y lo llevó a su habitación donde pasaron toda la noche en medio de gran alegría y consuelo. De muchas cosas, hablaron juntos. Después, poco antes de que llegara el día, ella lo devolvió a su prisión.

De esta manera como oís, Gérard estuvo prisionero durante un año. Unos ratos era consolado y alegrado; en otros ratos era colocado en prisión, extrañaba a su país, a su padre, a su madre, a su hermano Jean por quien a menudo rogaba a Nuestro Señor que quisiera ayudarlo y confortarlo. Es así como Gérard pasaba su vida de prisionero en el castillo de Ragusa. Del cual por el momento dejaremos de hablar hasta una próxima vez y por ahora les contaré sobre Gillion, su padre.