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La separación de los hermanos
Capítulo 45-A

De cómo Hertán combatió al Rey Haldin y lo desbarató y de la gran batalla que hubo delante de Babilonia donde Gillion desbarató a los sarracenos

Acompañamiento musical

castillo Gillion en Egipto.jpg

Ya antes habéis oído contar cómo Gillion de Trazegnies fue hecho prisionero en Babilonia, donde debido a sus múltiples y grandes proezas fue puesto en libertad por intermedio de la bella Graciana y después cómo fue prisionera en Trípoli de Barbaria en la prisión del Rey Fabur y cómo Hertán lo hizo salir de este peligro y lo trajo de vuelta a Babilonia donde fue recibido con gran alegría por el Sultán y por su hija, la que lo amaba muy caramente. Cuando llegó donde el Sultán, éste lo tomó por la mano y le dijo: "Gillion, para celebrar vuestro regreso os regalo un castillo que está en las afueras de esta ciudad, aproximadamente a dos leguas. Ahí podréis habitar vos y Hertán, lo más a gusto que queráis. Es uno de los lugares más deleitables que puedan existir para pasear". Gillion agradeció al Sultán por el gran regalo que le había hecho. Después de que hubieron permanecido ocho días en el palacio, él y Hertán se fueron hacia su castillo donde a menudo iba y venía la bella Graciana para verlos y visitarlos. Tanto fue y vino la doncella que despertó envidias, ya que éstas jamás abandonan totalmente los corazones de los príncipes, haciendo de ellos su morada, como lo podréis oír.

Fuente en Palacion en Egipto.jpg

Había en la Corte del Sultán un Rey sarraceno que concibió tal emoción y tal odio en contra de Gillion que noche y día no hacía sino pensar y agudizar su mente para encontrar la manera como podría hacerle daño.

Sucedió que una vez Haldin vio ir y volver a Graciana del castillo de Gillion, lo que lo puso muy contento porque le pareció que por este medio tendría causa para proporcionarle una dificultad; y ciertamente así lo hubiera hecho si Dios por su gracia no pone remedio. Pero se dice comúnmente que aquél a quien Dios quiere ayudar, nadie le puede hacer daño. Este Rey sarraceno del cual les hablo era muy poderoso y fuerte físicamente, duro y valiente con las armas. Como tenía gran pena y envidia de ver que Gillion siendo cristiano era tratado por encima de los demás sarracenos por el Sultán, se acercó un día al Sultán que estaba solo, apoyado en las ventanas de su palacio; y le dijo: "Sire, yo soy vuestro servidor, que os debo fe y homenaje y lealtad y que estoy obligado a deciros la verdad, particularmente en materias que tocan a vuestro honor. Por nada os ocultaría algo a este respecto. Por eso es que os hago saber que vuestra hija Graciana está tan enamorada de Gillion, el cristiano, que son pocos los días en que no vaya y venga del castillo que vos le habéis donado. Vos sabéis que es cristiano y que es persona muy inteligente, por lo que podría atraer a vuestra hija a creer en su ley; lo que sería el mayor infortunio que pudiera suceder. Por esto, Sire, sed advertido a fin de que no suceda tal infortunio. Sire, lo que os he dicho es la pura verdad".

Cuando el Sultán hubo escuchado al sarraceno, no supo qué pensar. Reunió a su Consejo y les dijo: "Señores, os he reunido para recibir consejo de vosotros acerca de lo que el Rey Haldin me informe, que me ha producido gran disgusto. Vosotros sabéis todos que durante mucho tiempo he tenido a Gillion como prisionero, quien en mis grandes necesidades y problemas me ha servido muy lealmente. Por eso lo he tratado de manera diferente cuando regresó de la prisión del Rey Fabur. Le di un castillo para él y para Hertán, su compañero. Pero resulta que el Rey Haldin me ha contado que Graciana, mi hija, va y viene a menudo al castillo para ver a Gillion. Si es así, Gillion obra mal en relación a mí. Es por eso que os pido a todos vosotros consejo para saber qué debo hacer. Mucho me disgusta que las cosas hayan sucedido de este modo". Entonces el Rey Haldin se puso de pie y le dijo al Sultán delante de todos que lo que había dicho era la verdad y que noche y día Gillion disfrutaba de la bella Graciana. "Todo lo que os he dicho puedo probarlo arriesgando mi cuerpo en combate frente a quien quiera sostener lo contrario". Y entonces los barones y consejeros del Sultán se miraron unos a los otros, maravillándose de las cosas que Haldin decía de la hija del Sultán; simplemente no supieron qué opinar, salvo sugerir que se enviara a buscar a la bella Graciana.

Graciana acusada.jpg

Graciana vino al palacio y se colocó frente al Sultán, su padre, a quien saludó muy humildemente. Pero el Sultán ni siquiera se dignó mirarla y no le dijo palabra alguna, pasando un buen rato antes de que él le hablase; de lo cual la doncella estaba muy maravillada y no sabía qué pensar. Cuando el Sultán vio que nadie de los que estaban ahí se atrevía a hablar, muy ferozmente le dijo a su hija que el Rey Haldin la había acusado ante a él en presencia de sus barones. "Porque nos ha dicho que vos os habéis entregado totalmente a Gillion, el cristiano, para que éste haga su placer con vos; y por ese motivo, os conviene responder sobre este hecho". Entonces la doncella Graciana, muy sabiamente y en alta voz, le dijo: "Sire, a pesar de la cantidad de días que aún me queda por vivir, no os mentiría ni en una sola palabra aún cuando ello me costara la vida. Sabed, Sire, que muy a menudo he ido y venido a ver a Gillion, el cristiano, pero, por la fe que tengo en Mahoma, en quien creo, nunca Gillion me ha requerido para nada deshonroso ni que pudiera daros vergüenza; y ha actuado como si fuera mi propio hermano, si tuviera uno". "Dama", le dijo Haldin, "ofrezco probar lo contrario de lo que decís en combate frente a un sarraceno que sea creyente en la ley de Mahoma. Pero no me enfrentéis a Gillion, que es cristiano, y con quien nada quiero saber". Cuando Graciana escuchó que Haldin rechazaba combatir contra Gillion, se acordó de Hertán. Y mientras hablaban en esta forma ante el Sultán, entraron de pronto Gillion y Hertán, quienes se asombraron mucho de la gran asamblea que tenía lugar. Se acercaron lo más que pudieron al Sultán. La doncella, que vio a Gillion que había llegado, se puso muy contenta y le dijo: "Gillion, ved aquí al Rey Haldin que dice y quiere mantener que yo voy y vengo a menudo a vuestro castillo y que de mí y de mi cuerpo vos hacéis vuestra voluntad cuantas veces os provoca. Y dice además que lo que ha sostenido está dispuesto a mantenerlo y probarlo en combate contra un campeón, con tal de que éste no sea cristiano sino sarraceno". "Dama", le dijo Gillion, "no conozco persa ni sarraceno alguno, por muy grande y fiero que sea, contra quien no combatiría para guardar vuestro derecho y vuestro cuerpo de todo deshonor. La verdad es que hace veinte años que soy prisionero del Sultán, vuestro padre; mucho bien me habéis hecho y grandes honores durante este tiempo, de los cuales tengo un grato recuerdo. Pero nunca he tocado vuestro cuerpo ni os he requerido de ningún acto deshonroso, habiéndoos tratado con el mismo respeto que a la madre que me dio a luz. Y por este motivo estoy listo para combatir ante el Sultán contra Haldin si éste es tan valiente como para mantener la desleal mentira que ha inventado sobre vos". "Gillion", le dijo Haldin, "de vos no quiero saber nada. Nada me haría combatir contra vos porque sois creyente en la ley de Jesucristo y no os corresponde intervenir en este asunto. Pero no rehusaría el combate por nada del mundo contra un sarraceno creyente en la ley de Mahoma".

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Entonces Hertán, que había oído al Rey Haldin excusarse de combatir contra Gillion, atravesó la rueda de gente, pasó adelante y se acercó al Sultán. Cuando estuvo ahí, comenzó a hablar en voz tan alta para que todos los que estaban en la sala lo pudieron oír claramente decir al Sultán: "Sire, por lo que he podido escuchar, el Rey Haldin ha acusado sin razón alguna a Graciana, vuestra hija, que está aquí presente y ha puesto sobre ella cargos basados en hechos que jamás en su vida pensó en cometer. Pero por la ley y fe que tengo de Mahoma y por el amor de Graciana, me presentaré en el campo a combatir al Rey Haldin, a quien le haré conocer por la punta de mi espada que ha obrado mal y que lo que ha dicho es una mentira inventada, porque Gillion jamás en su vida la ha requerido para ningún acto deshonroso". El Sultán, al escuchar que Hertán estaba dispuesto a emprender batalla contra Haldin por el amor de su hija Graciana, tuvo mucho gusto; se volvió hacia el Rey Haldin y le dijo: "¿Habéis oído? Mi hija ha encontrado un campeón para combatiros". Haldin le contestó muy altaneramente que no se preocupaba por Hertán, como por ningún otro. Tenía mucha confianza en su fuerza y creía que nadie le podía hacer daño, porque en su tiempo había participado en cuatro campos de batalla. Era grande y fuerte y todos lo temían. Pero a Hertán no le preocupaba mucho debido a la gran confianza que tenía en Dios y en el hecho de defender una causa justa. Porque sabía con certeza que Gillion jamás debía tocado a la doncella para deshonrarla ni la había requerido de cosa alguna que un hermano no pudiera requerir a su hermana. Entonces el Sultán quiso tener garante de ambos lados. Gillion se ofreció como garante por Hertán y el Rey Haldín fue garantizado por sus amigos, conviniéndose en que el combate se realizaría el día siguiente.

La bella Graciana fue cogida y llevada a su habitación, donde por orden del Sultán fue guardada muy cuidadosamente. Gillion llevó a Hertán a su castillo donde durante toda la noche lo aconsejó e indoctrinó en la ley de Jesucristo, explicándole muy bellos puntos de su fe que Hertán con todo gusto escuchaba y retenía de tal manera que todo su corazón y su pensamiento se pusieron a creer y a amar a Jesucristo. Así pasaron la noche hasta que llegó el día siguiente en que Gillion armó a Hertán con todas las armas, como corresponde a un caballero. Después le entregó una bolsita en la que había dentro muy preciosas reliquias del cuerpo del señor San Benito. Hertán la tomó y la besó; Gillion se la puso al cinto, diciéndole: "Mi muy querido amigo, sabed que mientras la llevéis con vos no podrán mataros, siempre que tengáis confianza en Dios". "Sire", le dijo Hertán, "pongo mi corazón y mi cuerpo bajo la santa custodia de Dios". Entonces montaron en los destreros y fueron al campo donde habían sido levantadas dos nobles tiendas de campaña, una para el Rey Haldin y la otra para Hertán.